ENTREVISTA A GERMÁN GARCÍA (ENERO DE 2016, Revista Rama Negra N° 2)
–Usted formó parte de revistas literarias muy importantes, ¿nos puede contar esa experiencia?
–Empecé con la revista Los libros, dirigida por Héctor Schmucler, que había estudiado en Francia con Barthes. Era una revista dedicada a la ensayística sobre lingüística y teoría literaria, pero por el momento histórico en el que surgió, se fue politizando. Entonces la situación se fue tensando hasta que se disolvió luego de la entrada de militares a la oficina. La revista seguía el slogan: “La autonomía relativa del campo popular”. Yo estaba de acuerdo con eso, pero hasta cierta instancia. No me interesaba que se convirtiera en una revista política.
”Si bien seguimos siendo amigos con los que la hacíamos, me alejé e hice Literal, y creé el slogan: “No matar la palabra, no dejarse matar por ella”, o sea, no quedarse callado, pero tampoco decir más de lo que se puede según las condiciones. Así se sostuvo hasta el golpe de Estado [1976]. Ya teníamos el material de una revista, aunque algunos se habían exiliado, entonces ese último número lo hice poniendo en la tapa una frase en latín que se traduce como “Quien dice de lo uno, niega de lo otro” y al final, en la contratapa, puse una frase de Lacan que dice: “La vida por aquí, por allá, golpeando cada tanto la costa, parándose un rato aquí y allí sin comprender nada. El principio del análisis es que nadie comprende nada de lo que ocurre”.

–¿Cómo analiza la actualidad de las revistas culturales?
–Eso es algo con lo que me rompo un poco la cabeza, porque hace unos años hacemos una revista de ensayos, bastante críptica, que no tiene mercado más allá de quien está en el tema, y siempre surge este debate. Yo creo que el último intento de hacer una revista lo clausuró Ñ al independizarse del diario Clarín y dejar de ser un suplemento cultural, porque nadie podría hacer una revista de esas características a ese precio.
”El tema de las revistas culturales en Argentina es interesante porque surgen del modelo francés. Mientras las revistas norteamericanas se escriben en la academia, las hacen profesores y catedráticos de una determinada disciplina, la revista francesa surge siempre de una patota. Freud dice, de manera muy simpática, “la tradición pandillera de la literatura francesa”. Se forma una pandilla que se pelea con otra y arman una revista, tenés así Tiempos modernos, hecha por los sartreanos, otra de los surrealistas. Después hay revistas de otras disciplinas, como la filosofía, que también son hechas por grupos.
”La revista que hago actualmente se llama Descartes y con el grupo que la hacemos llegamos a la conclusión de que la literatura ya no podía sostener una revista, entonces decidimos autofinanciarnos y difundir textos y nombres que ahora son anónimos mediante Internet y una tirada en papel de 3000 ejemplares. Y digo que hoy es difícil sostener una revista porque tampoco hay una pandilla. En todo caso, esa ruptura en el mundo cultural hizo aparecer otra cosa: lo que era la pequeña revista ahora es la pequeña editorial. Entonces una pandillita de cinco o seis ve que hay máquinas que permiten hacer libros de pocos ejemplares, y se los puede difundir por Internet, entonces se recupera el costo. Así, hay un montón de pequeñas editoriales que tienen la función de hacer emerger nombres. De repente algún autor de esas editoriales se destaca por algún criterio azaroso y aparece en la revista de La Nación o en Ñ, entonces una editorial comercial lo busca.
–¿Qué pasa con algunos géneros, como la polémica, al desaparecer las pandillas?
–Es que ya nadie discute, pero porque se parte de un concepto mucho más comercial: si lo discuto, lo promuevo. “¿Qué te parece la novela de tal? No sé, no la leí”. Es un “ninguneo”, porque en la polémica está la buena fe tácita de hacerse propaganda mutuamente: “Discutime que te discuto”.
Germán García y la política
–En alguna entrevista usted habló de su “relación equívoca con la política”. ¿A qué se debe esa decisión suya de escapar de la política en épocas de ebullición como las del surgimiento de sus revistas?
–Aristóteles dice que el hombre es un animal de política. Pero la palabra “política” es tanto la polis como lo que conocemos como práctica política. Que el hombre sea un animal de ciudad y que entonces, en consecuencia, es un animal que tiene que hacer política, es una idea de la Revolución Francesa.
”Lo que me pregunto entonces es por qué todas las intervenciones artísticas en el mundo de la política han sido siempre desdichadas, siempre han culminado en una tragedia. Sea en la Revolución Rusa, o en la Francesa, siempre han resultado en fugas, en fusilamientos, encarcelamientos. Grandes poetas como Mandelstam en Rusia, que escribió una sátira contra Stalin, fue enviado a Siberia a trabajar en un lugar sin nada para calentarse a la noche. Murió joven por eso. Y como esa, miles de historias. Yo creo más en el escritor como el del siglo xviii o xix, que configuraba una red de posiciones en la ciudad y hacía su propia política que era la literatura. Entonces para mí la literatura o es literatura o es propaganda. Si vos hacés militancia, entonces hacés propaganda, y está bien, hacela. Pero el compromiso que yo pueda tener con algo no es nada en el punto en el que lo que yo hago es lo que el otro recibe.
”Algunos escritores amigos no merecían morir, como Rodolfo Walsh, o Paco Urondo; entonces ese no puede ser un deseo. El escritor hace una actividad tan gratuita que el deseo de encontrarle un sentido puede llevar a cualquier cosa: “¡Ah, no, estamos haciendo algo por esto!”. Pero no importa lo que yo hago, lo que importa es el efecto que tengo. Porque a mí no me alegra ver a la clase media divertida asumiendo su compromiso con un tipo que no tiene qué comer. Hay en eso una contradicción.

Nanina
–De ningún modo podría pensarse a Nanina como literatura comprometida, sin embargo contiene una explicación de la sociedad muy profunda, de lo que son las “clases sociales”.
–El caso de Nanina es particular. La novela fue un súper best-seller. Vendió cuatro ediciones de 5000 ejemplares cada una en dos meses. Se vendió bien de casualidad, porque la editorial supo hacerlo. Pero al poco tiempo la prohibieron y a mí me dieron dos años de prisión en suspenso, porque no tenía antecedentes. Los jóvenes escritores de aquel entonces, por envidia ante el éxito de ventas –porque la envidia es uno de los sentimientos más frecuentes en la literatura– dijeron que la hizo prohibir el editor para vender.
”Así, yo pasé solito de la página literaria a la página de policiales. Entonces, ¿dónde está el compromiso del escritor? Si lo hubiera, habría un compromiso con otro escritor. Pero defenderme implicaba consolidar mi posición de escritor, mientras que el escritor sólo quiere consolidar su propia posición.
”Entonces la explicación de “clase” que se podría ver en Nanina no nace de una intención, sino de una vivencia. Mi propio padre fue un trabajador que murió a los 52 años. Me di cuenta muy joven de cuál era mi destino y dije: “No, acá no”. Por eso Nanina termina con una especie de saludo al “pueblo despoblado de Junín”.
–¿Parte de la fuga es una necesidad de reescribir Nanina después de su prohibición?
–No, fue una necesidad de hacerla leer de otra manera. Nanina fue leída como literatura testimonial y no era la intención. Por ejemplo, aparece ahí la historia del colombiano alcohólico que quiere orientar al protagonista pero no sabe para dónde ir. También aparece como un sexópata, que cuenta su historia con mujeres. Yo quise hacer una transfiguración fantasmática de la figura paterna. Tiene que ver con acusaciones de la juventud que mi vieja hacía a mi viejo: “Pero vos qué contás, como si fueras un macho cabrío”. Entonces es una manera elíptica de hablar de eso.
”Pero lo que no se dio cuenta nadie es que en ese momento yo quería ser un escritor cómico en el sentido clásico de la literatura. Si yo dijera de qué está hecha esa novela, está hecha con el estilo de las fabulaciones populares. Yo pensé que la gente se iba a reír, porque lo que buscaba era ser Quevedo, era ser exagerado. Pero eran tiempos de realismo. En esa época yo tendría que haber escrito la historia de ese pobre obrero alcohólico que sufría y los sentimientos de su señora y de sus niños.

Germán García y Junín
–En Nanina, el protagonista dice que quisiera volver a Junín con un reconocimiento, como un premio Nobel de algo. “Yo, hombre distinto que podría terminar hasta en la cárcel; hacía de esa diferencia el trampolín exacto de mi triunfo”. ¿Tuvo Germán García ese regreso triunfal?
–Hay una cosa curiosa. Soy ciudadano ilustre de la ciudad de Tucumán, donde enseñé veinte años. Soy visitante distinguido de San Salvador de Jujuy. Me otorgaron la prestigiosa beca Guggenheim. Fui declarado personalidad intelectual de la cultura de Buenos Aires. Pero en Junín nadie me recuerda.
–¿Y es una deuda pendiente?
–No, ya soy grande. Como adulto pude volver a Junín, pero desde el psicoanálisis. Recuerdo que hace un tiempo fui a una linda conferencia en un lugar muy lindo. Fueron unos cuantos, pero a tomarme examen. Lo vi más como una tensión agresiva, no como una conciliación. Parecía que estaban esperando que yo pisara el palito, quedara pagando: “En tu literatura no parece que hubiera mucha relación con la literatura más moderna”, qué sé yo, cosas que salen en las revistas.
”Lo que pasa es que a otros escritores se los puede exhibir como logros de Junín, en cambio a mí se me exhibe “contra Junín”. “Contra” en el sentido que algunos le dieron a Nanina. Cuando salió la novela, en 1968, la revista Gente me hizo una entrevista en la que decía “hay un gran escritor”. Entonces se publicó una carta de lectores en la revista que planteaba: “Me gustaría que algún periodista de esa hermosa revista conozca Junín y sepa lo que es la nobleza y la grandeza de esta ciudad que Germán García se dedica a difamar con mentiras y calumnias”. Muchos se sintieron ofendidos por lo que yo decía de ellos, pese a que no hay ningún apellido de Junín en el libro.
–Por ahí tiene que ver con no poder diferenciar la literatura como ficción, como pasa con otros autores.
–No, en realidad es que no les interesa; si un tipo dice que yo lo ofendo en el libro y él no está en el libro no es un problema de formación literaria.
