La escritura entre rejas

Compartimos una de las notas que pertenecen al dossier “Letras y cárceles” de la revista Rama Negra N° 1. En esta, se mencionan algunas obras producidas en contextos de encierro. La prisión es convertida aquí en un espacio de creatividad.

Por María Silvia Biancardi

Imagen: Taller literario, Unidad Penitenciaria 13, Junín

Una silla hacia la puesta del sol, con un mate amargo y frente a la laguna parece el lugar perfecto para sentarse a escribir. Las conversaciones ajenas que escuchamos en la calle pueden ser usadas para impulsar a nuestra imaginación. Viajar, leer, amar, todo puede ser el puntapié inicial para una novela o una nueva poesía.

Pero la cárcel carece de la belleza de un paisaje, ignora la posibilidad de caminar por las calles y lejos está de la posibilidad de emprender un viaje para conocer nuevos lugares inspiradores. Y sin embargo, el encierro provoca. La soledad también provoca. El tiempo inactivo provoca aún más.

Así es como las prisiones han sido históricamente espacios de mucha creatividad. La lista de obras producidas en estas condiciones es extensa, pero aquí sólo mencionaremos a algunas. No porque creamos que estén por encima de otras, o porque pensemos que encierran todo lo necesario para entender la literatura en cautiverio. La razón es mucho más simple: elegimos estas porque creemos que su lectura es imperdible, porque nos conmueven en sí mismas, más allá de las condiciones en las que fueron escritas, aunque esas condiciones de producción son también historias conmovedoras.

PRENDERSE A LA VIDA COMO “LA HIEDRA AL MURO”

Si hay una comprobación empírica de la importancia de la socialización a través de la palabra, este es el caso. Como es también una muestra de hasta dónde le es posible llegar a un sistema perverso al que no le alcanza con encarcelar al enemigo, sino que le suma a ello la necesidad de enloquecerlo.

Las dictaduras militares no son una especialidad argentina. América Latina está poblada de ejemplos similares. Ahí nomás, “cruzando el charco”, en Uruguay, en los años setenta, se padecían los mismos males.

Los Tupamaros eran la organización revolucionaria más importante del país. Llegada la dictadura, los dirigentes políticos de esta organización no huyeron a países neutrales, ni fueron masacrados a plena luz. Los militares uruguayos idearon una perversidad: los mantuvieron como “rehenes” para evitar cualquier ataque contra las fuerzas armadas. Así es como nueve militantes del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, entre ellos el expresidente “Pepe” Mujica, permanecieron encarcelados durante once años. Los trasladaban por diferentes calabozos del país en grupos de tres, aunque durante todo ese tiempo permanecían, muro de por medio, totalmente incomunicados o, para ser más precisos, sin verse las caras, porque en realidad rápidamente encontraron nuevos modos de comunicarse sin ser vistos y castigados.

Muchos años después, cuando los que sobrevivieron a este martirio ya habían logrado mirar ese pasado y contarlo desde un lugar más distante, dos de ellos, Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro, transcribieron sus conversaciones cargadas de recuerdos que luego fueron publicadas como Memorias del calabozo. La obra permite, por un lado, conocer qué significó para ellos el aislamiento y el maltrato, y también explica mucho de la condición humana y sus mecanismos para sobrevivir en el peor de los estados posibles. Pero también da cuenta del rol de la creación literaria en el calabozo y de su importancia como medio de comunicación.

Pared de por medio, Mauricio Rosencof, el Ñato Fernández Huidobro y el Pepe Mujica se sabían cerca, entonces idearon un modo de comunicarse con golpes en las paredes, una especie de código morse propio con el que debatían política, se pasaban la escasa información con la que contaban y hasta llegaron a plantearse partidas de ajedrez. Incluso la poesía tenía lugar mediante este sistema:

[Fernández Huidobro]: El 14 de marzo de 1974 fue mi cumpleaños y tú me hiciste un poema como regalo. Me lo transmitiste a través de la pared:

Y si este fuera / mi último poema, / insumiso y triste, / raído pero entero / tan sólo una palabra / escribiría: / Compañero.

Mauricio Rosencof es hoy un reconocido autor uruguayo. La escritura en prisión para él significó algo más que un momento de esparcimiento: era la posibilidad de enviar señales afuera y a su vez el modo de conseguir favores adentro. Pero sobre todas las cosas era un acto de comunicación desesperado en un reducto de 2 x 1 m sin nadie con quien hablar. En esas condiciones nació el poemario Conversaciones con la alpargata. Ciento cuarenta poemas breves que fueron memorizados, martillados en las paredes o escritos en papel de cigarrillo y luego guardados cuidadosamente en los dobladillos de la ropa para que algo de ellos mismos llegue al “afuera”. Era, de algún modo, una fuga posible.

Pero no sólo se escribía para enviar señales. Mauricio Rosencof asegura haber conseguido cebaduras de mate y cigarrillos a cambio de poemas de amor que eran dictados por el rehén para que fueran de puño y letra del solicitante. Comenta en Memorias del calabozo que los acrónimos escritos a partir del nombre de la destinataria eran los más cotizados y que más de una vez los guardias se acercaban pidiendo un “acrílico” para su enamorada.

Crear para aferrarse a la vida, para no enloquecer. Escribir para comunicarse, para romper el aislamiento; pero también escribir para convertir textos en mercancía intercambiable por lo más preciado en medio de ese infierno. Todo eso nos enseña Rosencof en su literatura y en su testimonio junto al del resto de los rehenes.

LA BASTILLA, ENCIERRO DE IDEAS

A veces se escribe para sobrevivir al encierro. Pero a veces son las letras escritas antes del cautiverio las que obligan al autor a ser tomado prisionero. Así es como François-Marie Arouet, conocido como Voltaire, tuvo varias estadías en la famosa cárcel de La Bastilla gracias a unos versos de su autoría.

Eran tiempos en que las explicaciones teológicas para entender al mundo estaban en crisis. La idea de que el universo se regía por un Dios omnipresente, capaz de resolver y explicar todo ya no saciaba la curiosidad de numerosos pensadores, escritores y filósofos. Entonces comenzó la búsqueda de la Verdad (absoluta) mediante la razón.

Para los intelectuales de esa época, el Régimen encontró un lugar en el que pudieron escribir y pensar, pese a que sus intenciones primeras eran otras: la Bastilla, lugar de encierro, famosa prisión francesa de reclusión para quien pensara distinto, ayudó, en cierto sentido, a que grandes pensadores, como Voltaire, desarrollaran sus ideas.

La primera vez que el filósofo estuvo encarcelado fue a causa de unos versos que cuestionaban y se burlaban de la autoridad del rey. La ironía y el sarcasmo fueron las marcas registradas de Voltaire, quien entendió precozmente la importancia de que la crítica, mediante esos mecanismos, fuera accesible a todos: “Nunca veinte volúmenes in folio harán revoluciones: son los libritos portátiles a treinta sous los que hay que temer”.

Voltaire no llegó a participar de la revolución francesa, sin embargo sus actores reconocieron en él a un mentor. Es así como en 1791, en medio de una gran ceremonia, sus restos fueron trasladados a un panteón en París. La procesión, por supuesto, comenzó en La Bastilla. Las paradojas de la prisión fueron reconocidas: al encarcelar ideas, se gestó una revolución.

Pero no sólo Voltaire conoció las celdas de la Bastilla. También el marqués de Sade estuvo prisionero en ella durante una larga estadía.

De su estancia en La Bastilla surge Los 120 días de Sodoma (para profundizar en esta obra y otras del marqués, se puede leer el artículo “El marqués, el barón y otros plebeyos le hacen sombra a Grey”, en este mismo volumen). Escribió esta obra en pequeñas hojas de papel que pegó una tras otra hasta juntar un rollo de casi trece metros. La obra permaneció escondida hasta que él fue trasladado y la dio por perdida. La escribió de manera desenfrenada, como todo lo que emprendió el marqués. Del mismo modo –“exagerado”, dice Simone de Beauvoir– vivía las pasiones humanas: así se enfrentaba al mundo, así gozaba, e incluso así comía Sade, que salió de prisión irreconocible por su obesidad.

Al igual que los militares en Uruguay, la incomunicación también fue un martirio aplicado hacia el marqués. Para subsanar la ausencia de gente a su alrededor, la correspondencia se convirtió en su modo de mantener el contacto con el afuera.

El marqués de Sade no sólo cambió varias veces de cárcel, también lo hizo de tipo de cautiverio. Fue prisionero común o preso político, pero también la publicación clandestina de Justine lo arrojó a un nuevo tipo de encierro, fue recluido en un manicomio a causa de “demencia libertina”. Paradojas del cautiverio: el exceso de libertad en sus ideas y sus letras convierten al marqués de Sade en un cuerpo apresado. Quizás asustara tanta libertad sin fronteras y, como muchas veces se repite a lo largo de la historia, parecería que las rejas pudieran atravesar las mentes y encerrar pensamientos, cuando en realidad sólo los cuerpos permanecen sin salida.

“TU RISA ME HACE LIBRE”

Poco podemos saber de lo que perdurará en la historia mientras la estamos viviendo. Muchas veces sobrevive lo casual, lo inesperado, aquello que en su tiempo era colateral. Así parece haber sucedido con Miguel Hernández.

Reconocida su militancia republicana frente al franquismo (fue miliciano voluntario en el Ejército Popular de la República), fue trasladado a varias prisiones por opositor. A diferencia del expresidente uruguayo, o los célebres Voltaire y Sade, el poeta español no supo de aislamiento, más bien todo lo contrario. El hacinamiento (diez hombres en celdas de seis metros cuadrados), fue una de las tres heridas que acompañaron a Miguel Hernández en su estadía en la cárcel. Las otras dos: la del hambre y la del frío. Esta última parece haber sido la responsable de las enfermedades que luego lo llevaron a la muerte.

Miguel Hernández fue poeta revolucionario, como si escribir y hacer la revolución fueran dos tareas indivisibles. Así, escribió alguna vez:

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera: / aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo, /

y defiendo tu vientre de pobre que me espera, / y defiendo tu hijo.

(Canción del esposo soldado)

Pero a veces sobrevive lo casual, lo inesperado. Miguel Hernández, el poeta revolucionario, recibió la noticia del hambre de su hijo mientras estaba en la cárcel y pensó para él una canción de cuna. Para el poeta, para el revolucionario, aquello era parte de la relación más íntima, la de un padre que ayuda a su hijo a dormir. Y sin embargo, son esas Nanas de la cebolla las que mejor dan cuenta de lo que el preso político, el hombre, el padre, padecían en ese momento, mucho más que cualquier proclama, mucho más que cualquier manifiesto político.

Tu risa me hace libre, / me pone alas, / soledades me quita, / cárcel me arranca.

Con la infinita simpleza de estos versos, Miguel Hernández sintetiza mejor que nadie todo lo que hasta acá hemos relatado. Porque la cárcel es algo que está ahí, pero puede ser arrancado: la escritura a borbotones de Sade, o los golpes hasta sangrar los nudillos de Mauricio Rosencof no son más que otros modos de extirpar las rejas, como lo es la risa del pequeño Hernández, que permitió a su padre ser libre a pesar de su condena.

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Publicado en: Blog

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