Dossier. Escribir en la cárcel

Dossier Revista Rama Negra Nº 1
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Juan Pablo Parchuc es director del Programa de Extensión en Cárceles de la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires). En septiembre de 2015, cuando salió el dossier, nos envió su texto “Escribir en la cárcel: acciones, marcos, políticas”. La versión completa fue publicada en el año 2014 en el Boletín de la biblioteca del Congreso de la Nación, 128, pp. 67-81.

Por Juan Pablo Parchuc

En los últimos diez años, se han expandido los talleres de escritura y espacios de edición en contextos de encierro, donde se producen libros, revistas, periódicos y folletos. Estas publicaciones circulan –adentro y afuera– con tapas pintadas a mano, encuadernación artesanal, ediciones de imprenta o directamente en hojas de fotocopia. En sus páginas podemos leer crónicas, cuentos, poemas, aforismos, notas de opinión, historietas, recetas, letras de canciones y hasta novelas por entregas. (…) Hasta ahora, estos materiales han sido reunidos y discutidos especialmente por sus protagonistas. Y el interés académico que han despertado puso el acento en el desafío a prácticas de docencia e investigación que no siempre son reconocidas por su interpelación a las concepciones hegemónicas de lo literario o lo estético, tanto en la universidad como en la industria cultural. Por su parte, las editoriales y los medios dominantes suelen ocuparse del tema cuando los que firman adquieren el estatuto de “autor”, fuera de sus condiciones colectivas de producción. (…)
Si leemos [los textos producidos en la cárcel] en clave temática, vamos a encontrar, como puede preverse, textos que hablan de la cárcel, el encierro, la policía, el sistema penal, los códigos, las leyes y las normas sociales, la pobreza y su correlato en el mercado. Prefiero ver aquí cómo se recortan, plantean y focalizan estos temas y motivos, a partir de las palabras y voces que los ponen en juego, los gestos, posturas y tonos que asumen, adoptan o reformulan. Nos vamos a detener en la denuncia sobre las injusticias cuando son miradas (y contadas) “desde adentro” o con el punto de vista de “los de abajo”, los que se ubican en los márgenes de la sociedad y ven la vida pasar “al borde del camino”. Vamos a tratar de escuchar en la lectura, “la melodía de los de abajo”, como dice Maikel, 70 cantante de Portate Bien (XTB). En esa melodía se formula el lamento por haber “perdido” y simultáneamente el acto de desafiar a la ley, su moral, sus normas e instituciones, para cuestionar tanto la extensión como los límites de la legalidad, y las cuentas que sacan los que cuentan; las palabras que despliegan sobre el papel para reordenar y combatir definiciones, procesos y condiciones, “estirando el signo de interrogación” (La Resistencia 7: 18). (…)
Al mirar de cerca la letra de los textos que se producen en la cárcel –sobre todo aquellos que podríamos llamar “literarios” o “ficcionales”–, podemos leer el testimonio pero también distintas formas de contar o retratar el encierro, de lidiar y hasta de jugar con su temporalidad y espacio vueltos palabras. Adentro, como dice Vilma, “el tiempo es pasillos oscuros y fríos de mirar lejano” (Yo no fui: 26), que marcan su propio ritmo, como “obligado tic tac”, siguiendo el título del libro de Liliana Cabrera. En ellos, el presente se vuelve “un reloj sin tiempo” (Stella Maris en Yo no fui: 49). Las paredes gritan y “títeres desnutridos” sostienen la posición “que amenaza con quebrarse” (véase los poemas de Benítez Peralta, Cruz y Segovia Vera en Ondas de Hiroshima: 17, 25, 59). Como dicen Cristina Domenech y Pedro Nazar: “Cada poema es una letra escrita en el cuerpo (…) ¿Quién, acaso, no tiene memoria de la barbarie? Quién, sino el poeta, puede ser testigo y traductor de una guerra que viene de toda la sociedad” (Ondas de Hiroshima: 5). No es que estos textos apelen o se propongan conformar una “poesía tumbera”. De hecho, como cuenta María Medrano en el prólogo a la primera edición de Yo no fui, las integrantes de su taller, desde el primer momento, prefirieron no identificar su escritura con la cárcel. “Ellas no quieren hacer poesía tumbera, y eligen no hacerla”, ya que ese lenguaje forma parte del proceso de despersonalización que sufren adentro (Yo no fui: 9). Se trata más bien de establecer un punto de vista, una perspectiva desde donde mirar y poder narrar de otra manera la propia experiencia y los conflictos sociales, en especial, aquellos que llevan a la cárcel.
Por supuesto, existen también maneras de identificarse con el lenguaje y la experiencia de la cárcel que funcionan como formas de resistencia, tanto desde el enfrentamiento cara a cara con la autoridad, como desde el lamento, el pliegue, el humor y la ironía. En “Pinceladas”, Gastón Brossio ensaya una jugada, una descripción de todo lo que ve en un día de cárcel, y nos cuenta “el cuento”, rompiendo “la lógica, de que siempre la escriben los que ganan” (La Resistencia 8: 12). Gastón hace cuentas y muestra todo lo que ven sus ojos desde que se levanta hasta que llega al Centro Universitario; siempre con la mirada de los de abajo, dice, contraria a la de “los ricos”, que miran “desde el palco oficial de la oligarquía”. Ante el sufrimiento y el ruido que le “tortura la cabeza” y no le permite “hacer cuentas”, sonríe, se pone a contar y saca cuentas. Cuenta camas, toallas, vigas, ventanas, teles, letrinas, inodoros, pasos, rejas, cámaras. Revierte la lógica del encierro, escribiendo, con un gesto de ironía, cada frase. De repente, le viene a la mente una partida de ajedrez. Sin que lo explique, esa imagen invade todo el relato e intercala el dibujo de un tablero cuadriculado con piezas blancas y negras sobre el papel. Reproduce los primeros movimientos (se trata del enfrentamiento entre Kaspárov y Kárpov por el Campeonato Mundial), y concluye: “Ahora entiendo, mi ídolo perdió al igual que yo” (15). El hecho de haber “perdido” es sugerido desde el principio, aunque aparece por primera vez enunciado al final, resignificando la escena.
También Rodolfo “Cacho” Rodríguez cuenta (o como dice: contabiliza) en un tango,
arrugas y absentia capilatis,
una busarda que hasta ayer no era
y las pupilas torvas
de loco, curda y ciego.
Los dientes que perdí ya ni sé dónde
mordiendo qué banquina, qué derrotas
(La Resistencia 7: 17).
La experiencia acumulada en el cuerpo canta la derrota, pero también es piso desde donde partir para retratar ese pasado que pesa como un “bagayo” de culpa y de tormento.
Es con esto que cuento
y con algunas menudencias que no vienen al caso
para cruzar el último portón
de la cafúa
y abalanzarme al paño verde
de la rúa
como quien vuelve por desquite al
escolazo.
Como dijo otro Rodolfo, “Rudy” Klages, en uno de los encuentros del Taller de Narrativa de Devoto: “Narrar es como jugar al póker: todo el secreto consiste en parecer mentiroso cuando estás diciendo la verdad”.
Del lado de afuera, la perspectiva se ubica en el margen. Varios textos apelan a ese punto de vista: una posición que se define en la orilla, en el borde o al costado del camino. Así, para Ángel Rodrigo, el mercado y la sociedad se vuelven un reflejo que acumula sueños frustrados de un niño, ahora adulto, que ve pasar la vida “parado en la vereda (…) de frente a la vidriera” (La Resistencia 1: 30).
Porque al escaparate
de la brillante fusa
sólo llega quien deja
el corazón afuera.
Al niño “le pueblan la conciencia de fantasmas absurdos (…) [S]ólo quiere alcanzar una estrella pero le dan juguetes con forma de revólver”. La respuesta es quedarse afuera y sufrir las consecuencias (“yo no sé vivir sin corazón”). O como hace Camilo Blajaquis (pseudónimo de César González), despegándose la etiqueta “de pibe chorro recuperado”, dar “escupitajos a la vidriera social”, transformando en canción los argumentos de quienes le cuestionan su supuesta victimización y el modo en que “descarta” responsabilidades (Crónica de una libertad condicional: 84-85). “No me agarro del barro de mi infancia / ni del óxido de las rejas vividas”. (…)
Sin duda, la palabra tiene un valor diferencial dentro de la cárcel. Llena expedientes, legajos y oficios. Atraviesa los muros en forma de correspondencia, se graba en las paredes, circula como rumor (la bemba), pasa de mano en mano, vuela o se descuelga de una ventana a otra como paloma. Define sanciones y condenas y puede usarse para insultar y verduguear. Pero también es una herramienta creativa y de resistencias, e incluso puede llegar a ser un medio de inclusión.

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Publicado en: Blog

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