“Titanes del coco”, de Fabián Casas #eneroconlibros

casas.jpgPor Marcelo Maggio

Decía Freud en alguna parte -o al menos eso creo recordar- que en el inconsciente no hay reglas definidas sino que todo es como un devenir. Titanes del coco se mete con esos juegos de la mente ya desde su portada. Tanto que hasta hay un capítulo que está narrado por dos protagonistas y un tercero -un narrador-, todos fundidos en una discursividad interpersonal que nos mete de lleno en ese magma del inconsciente. Pero es la novela toda un gran artilugio que se sumerge o intenta recrear ese caos que Freud quizo sistematizar.

Fabián Casas lo dijo varias veces en entrevistas, intentó combatir la linealidad de la escritura y de la historia en esta novela. Y vaya que lo logra. Los personajes son más bien síntomas que emergen y que dejan ver, allá lejos en el gusto que nos deja cada capítulo, lo reprimido, lo insano que no queremos ver, lo que Casas no dice y que sólo nos sugiere. El resultado de ese combo es claramente el pesimismo de la razón, ya que sus personajes no destilan virtud o felicidad sino que se adentran en otras zonas, más grises de la vida, como los temores, el tedio, la incertidumbre, la pregunta por las razones de los criminales, o los resortes que mueven a los poderosos.

La figura del autor tampoco es algo que podemos dejar pasar. Cuando vino a Junín, para la feria del libro, nos preguntábamos a quiénes ir a ver. Lo pensaba más lejos que cerca, más filólogo porteño que rocker de barrio. Fui igual a la presentación, sin grabador ni cámara, a ver qué onda. Como siempre pasa al periodista, es una de las maneras de llamar al destino para que sucedan cosas.

“A mi lo que me llamó la atención de este libro –Titanes…– fue el raro ejercicio con la puntuación y las citas”, le dije a Casas. Es que no hay nada más angustiante que la ausencia de puntos y aparte, de citas, de guiones, de comillas, de paréntesis. “¿Qué le pasa, señor Casas?”, pensaba mientras leía Titanes… antes de la feria. El tipo, vestido con la remera más crota de todo el auditorio, dijo “je, sí, es como querer fumar y no tener puchos a mano”. Risa silenciosa. Me compró, y terminé de leer el libro algo más relajado.

Esta escritura inconsciente, que deviene deshilachada, ayuda a construir el devenir general del relato, que se va atando con marcas y huellas, como gustan decir los semiólogos, hilvanando angustias.

No es un libro para leer en verano -pensaba, mientras mal respondía a la consigna de Rama Negra-, ya que me imaginaba que iba mejor con el frío, por algún extraño motivo que aún no me explico. Sí es de esos libros que te dejan con ganas de más del mismo autor, al que con el paso de las páginas y de sus palabras en la feria del libro ya sacaba del star system y lo pensaba más acá, formando parte de esa extraña complicidad que uno arma entre sus gustos culturales (de modo que su libro podía quedar alojado en un estante entre la biografía de Pappo y alguno de Philip Dick, de existir el espacio suficiente para armar algo parecido a una biblioteca ordenada).

Los personajes de Titanes… sorprenden y se articulan en esa no linealidad que reza Casas, que adquiere forma no sin un esfuerzo por parte del lector. Tal vez lo mejor o más directo que encontremos aquí sea la emoción, esa que logran transmitir los nombres y sus historias. Podemos viajar a Perú y volver junto a la madre de Chumpitaz; convivir en el interior de una redacción periodística y respirar su hedor junto a Andrés Stella; o representarnos al poder de turno en cualquier aspecto de la vida en la figura de Robinson, un jefe que desprecia a quienes debe dirigir y que aprenderemos a temer junto a algunos personajes; sólo por citar aspectos antojadizos. Como dice otro personaje del libro, Jorge Aluzino, sobre la poesía -no textualmente-, cuando se desacomoda lo previsible es que aparece lo político, eso es lo lindo del arte, como en Titanes…

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Publicado en: Blog

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