#Eneroconlibros I: El año del desierto, de Pedro Mairal

El año del desierto-tapaPor Agustín Molina

 

¿Qué se puede decir de El Año del Desierto que no se haya dicho en estos diez años? Como sea, hay algo que hizo irresistible las ganas de compartir esta experiencia de lectura, sabiendo que las buenas novelas, como los buenos vinos, no tienen fecha de vencimiento.

El año del desierto es un libro de historia argentina contada al revés. Es la Historia contada a través de María Valdez Neylan, una secretaria ejecutiva de un grupo financiero de 23 años, que lleva la voz del relato. Parecería que el país se terminó en el año 2001, y que a partir de ese momento, y rápidamente, empezó a desandar su historia, desde el desabastecimiento, hasta la reconversión en baldíos de barrios enteros de la ciudad. Todo eso hasta llegar al originario, a las tribus que andaban por el país más allá de la frontera de estancias.

Una de los grandes logros de Mairal es que el relato no suena un disparate. Todo suena lógico, creíble. Posible. Donde había asfalto, crece el pasto, y el Estado deja su lugar a la Pampa que todo lo invade. La intemperie avanza, y lo que avanza, en definitiva, es el interior.

Todo ese recorrido histórico viene acompañado de un recorrido literario, de la historia de la literatura argentina. Sin querer aparecen metáforas del Martín Fierro –juego que más acá en el tiempo Mairal repetirá en forma más extrema en “El Gran Surubí”–, de Don Segundo Sombra en una yerra, de los hermanos Nelson, que llevaban a Juliana Burgos, más conocida como “La Intrusa”, de Borges: “Al atardecer, nos fuimos acercando a una carreta muy lenta, tirada por bueyes: Iban dos hombres en el pescante, los vimos primero de espaldas. Llevaban unos cueros apilados. Catalina me codeó y me señaló algo: entre los cueros resecos asomaba una mano de mujer, muerta. Los pasamos. Yo no los quise ni mirar pero los miré. Eran dos tipos altos de melena rojiza, parecían hermanos”.

Cuando la historia se detiene en los piringundines de la zona del Bajo, transcurren personajes muy similares a El Rufían Melancólico de Arlt. U otros que quizás aluden a Mascaró de Haroldo Conti, cuando se atraviesa el desierto levantando ánimos e impartiendo justicia. O tal vez aparezca allí “La tortuga gigante”, de Horacio Quiroga, pero en vez del animal, es un hombre el que traslada en sus espaldas los huesos de su amigo para ser enterrados en Buenos Aires. Y todo parecería terminar en “El Entenado” de Juan José Saer, en medio de una tribu de idioma incomprensible.

O probablemente estas sean sólo ideas mías, y quiera encontrar a La Cautiva y a El Matadero en esos edificios monstruosos que describe y no nombra, a los monumentos que Francisco Salomone dejó sembrados por territorio bonaerense. Y cuando refiere a un lugar allá por el norte de la provincia de Buenos Aires o el sur de Santa Fe, uno dice que andan por Salliqueló, o por Ascensión, aunque yo sepa que eso no es más que una utopía, y que El año del desierto jamás hizo referencia a mis pagos.

La música del relato –¿acaso los relatos tienen música?– suena a la de “Toda la verdad”, de Juan José Becerra. Claro, es la misma tierra, el mismo encuentro. Y también la misma utopía: irse. Pero no irse por el lado de Ezeiza en avión, sino irse para adentro, por tierra.

El Año del Desierto también puede configurar una metáfora argentina: la utopía nos quedó atrás, en el pasado, y quizás empezar todo de nuevo sea un buen comienzo. Aunque desde mi punto de vista, si bien parece mágico volver el tiempo atrás en la historia, no se trata de un relato alegórico. Si no hay nafta, se vuelve al caballo. El Estado casi no está en el interior. Somos eso. Es difícil de explicarlo, pero se siente en el cuerpo. Nomás hay que traspasar el conurbano bonaerense, y de allí ir a donde quieras. En el sur o en el norte, encontrarás al gaucho de Güiraldes, y a alguna que otra tribu de Saer o de Mansilla.

Aquí van dos reseñas: la primera dice cosas como: “El caso es que yo venía a leer una novela sobre el fin del mundo, no a recibir una lección de historia. Esto me molesta un poco, he de confesarlo, porque tampoco es como si el viaje hubiese sido absolutamente genial y maravilloso y valiese la pena el esfuerzo sólo por asistir a lo que estaba teniendo lugar entre sus demasiadas páginas. Me siento estafado, además, toda vez que, como decía más arriba, la involución reflejada es completamente gratuita y no atiende a más razones que las que marca la línea del tiempo de alguna enciclopedia digital”.

La crítica de “Tongoy” recibió una envidiable cantidad de visitas y comentarios para lo que es la actualidad bloguera; una de esas respuestas puso las cosas en su lugar al decir que el relato, no sólo es un paseo histórico, sino que Mairal se fue “apoyando” en la historia literaria argentina y “aparecen los personajes de Casa Tomada de Cortázar, aparecen referencias a los poemas de Saer, la idea del río sin orillas, también hay referencias a las novelas de Viñas, a la novela Amalia, a los libros de Mansilla”.

Tongoy es de Galicia, lo cual hace pensar si acaso El año del desierto no fue escrito para argentinos, porque no es una “novela apocalíptica”, ni fantástica. Por si hiciera falta aclarar aún más, y sin meternos en el desmadre que es el interior del país, por aquí en el año 2001 no sólo no teníamos dinero, y estábamos “acorralados”, también llegamos a intercambiar bienes a través de “bonos” de estados provinciales, y “clubes” de trueque.

Pero aparentemente no se trata de un problema de nacionalidad. Un madrileño, David Pérez Vega, dejó una mirada más ajustada en su blog, y pone las cosas en claro, aunque quizás por su cercanía a la historia económica y literaria argentina, con lo cual la pregunta sigue vigente.

Entonces, ¿es acaso El año del desierto un librazo sólo para quienes entienden nuestra inexplicable historia?

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Publicado en: Blog

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