Merca, de Loyds

MERCA_ENTRADAPor Agustín Molina

En un apacible atardecer del barrio de Villa Crespo, en Buenos Aires, un cliente irrumpió en la librería Rodríguez de Scalabrini Ortiz al 100 al grito de “¡Quiero Merca!”.

Uno de los vendedores se asustó un poco, y mirando a su socio, empezó a balbucear una explicación del tipo: “No me hagas bardo en el boliche”, o “no estás en el lugar adecuado”, o peor aún: “pará que se vaya la vieja y vemos qué podemos hacer por vos”; pero su compañero lo paró y dijo: “Sí, creo que queda uno”.

La editorial “Alto Pogo” publicó la novela Merca de un escritor argentino que se hace llamar “Loyds”. Es una novela de un chico ya bastante grandecito que trabaja de casi nada, pero que tiene todo el camino allanado porque el padre tiene tanta como para sostener a varias generaciones, aunque luego de su hijo sólo aparezcan sus sobrinos como descendencia.

Llevamos varias generaciones de rockers que, junto a los Rollings Stones, “no podemos obtener satisfacción”, porque el dinero no hace la felicidad, se dice. Entonces, ¿qué es lo que le pasa a este buen chico? Tiene todo, consume todo, y sin embargo…

Dice Maximiliano Tomas en su reseña en el diario La Nación que Merca es la historia de un odiador. Johnny odia a su padre porque anda con una pendeja, a su madre porque es alcohólica, a su hermano porque también, a su hermana porque se casó con un pavote, a los que tienen automóviles de moda, a las chicas que seduce por frívolas, o por feas; y de todo el odio que tiene encima, sólo se salvan su coche (seguramente un BMW), Robert (su “valet”), Betty (su sierva), Ofelia (la sierva de su madre, que hace buenas tortas), y Rolo (el casero asador de su padre). Claro, estas cuatro personas también son cosas que compra para su consumo. Y, por supuesto, también se salva la cocaína, que consume sin parar.

Es la historia de un narcisista, entendiéndose tal como la persona cuya patología es sobrestimar sus habilidades y percibir al otro sólo como objeto de su propio placer. Un narcisista no registra al otro. Lo único que le importa es lo que puede atrapar y consumir para su propio placer, y de un modo tal que ya ni siquiera le provoca placer buscarlo, porque, claro, él tampoco puede alcanzar satisfacción.

¿Cuándo te das cuenta de que una novela te tiene atrapado? Muy simple: cuando te bajás del subte y te das cuenta de que te pasaste una estación. La historia parece sencilla y lineal, y está muy bien contada. Sería facilista decir que la novela te atrapa como ciertas adicciones, pero como yo no tengo ni idea de esas cosas, mejor trato de no hacerme el rockero, ni pasar por el cantante de Tan Biónica; lo mejor es recomendarla, sin más vueltas.

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Publicado en: Blog

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