“ERNESTITO” HEMINGWAY y “JUANJO” SAER

casino_ruletaPor Agustín Molina

Cada vez me importa menos qué se escribe, ya no me interesa que se trate de un trabajo que busque encender políticamente, moralizar situaciones o hacer catarsis, sino que lo que realmente me importa es que esté bien escrito.

Ejemplifico: Cándido de Voltaire me gustó más por cómo está escrito que por el debate moral que desarrolló, que también está bueno, buenísimo. Cincuenta sombras de Grey no me gustó porque no es más que un desarrollo moral de la “conversión” de un sadomasoquista en un buen padre de familia (tres tomos de novela ligera para desarrollar dos escenas de sexo casi duro, una ruptura y un final feliz, todo en medio de un obsceno lujo moderno, me parecen una pérdida de tiempo). Me molestan mucho las moralizaciones holliwoodenses en las que quien se anima más allá de los límites termina muriendo, y quien se redime tiene una vida feliz.

Pero todo da vueltas, y vuelvo a creer que no me interesan tanto las formas estéticas si siento que el contenido está sostenido por una buena cuota de autenticidad, lo que me pone otra vez de regreso y al gusto sobre el qué se escribe.

Cuando el protagonista de Responso de Saer empeña la máquina de escribir que le prestó su expareja (a quien quiere reconquistar) para jugar el préstamo en una partida de punto y banca, y además pierde, parecería que el santafesino sabe lo que es transpirar las manos en una mesa de juego.

Del mismo modo, el Ernestito norteamericano sabía que en días soleados debía comprarse temprano la revista hípica, que las apuestas fuertes se hacían a último momento para simular, que siempre hay un viejo que sabe bien. Esas escenas se repiten tanto en París era una fiesta como en Adiós a las armas.

Cuando cuenta cómo se juegan sus últimos pesitos a los caballos siguiendo el dato de un viejo burrero y tramposo, no está contando lo que alguna vez pudo ver por televisión o le contaron los que van al hipódromo. Uno intuye que el viejo pescador sintió dolor de piernas de estar parado horas y horas viendo caballos, y no estaba allí de paseo, sino que se jugaba el plato de sopa del fin de la jornada.
Cuando el Juanjo santafesino le hace contar a su protagonista el deseo irrefrenable de robarse las fichas del engreído que iba ganando, parecería que no se enteró cómo era el juego leyendo las reglas en la enciclopedia británica.

Y ahí volvemos al principio. Ya no me importa el qué se está contando, sino desde dónde. Relatos bien escritos son un presupuesto básico. Que estén apoyados en la legitimidad de haberle puesto el cuerpo a las situaciones, hace novelas magníficas. Vaya pues mi homenaje a estos dos viejos vagos.

Anuncios
Publicado en: Blog

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s