El infierno está encantador, según Nicolás Igarzabal

gm-cemento-tapa-bajaPor Agustín Molina

Quizás a nadie le importe saber que el mejor recital al que concurrí en mi vida fue en Cemento, a ver a Todos Tus Muertos, del que salió un disco en vivo que se llamó “Argentina te asesina”, o quizás fuera aquél en que cobraron la entrada trece pesos, en honor a la canción “Trece” (¡Trece dólares! ¡Cómo no recordarlo!).

Esa es sólo una de las cosas que aprendí de la brutal reseña que Nicolás Igarzabal llevó adelante con su “Cemento”. Brutal porque ese boliche era brutal.

Quienes pasaron alguna noche por ahí, deberían leer este libro. Digamosló así: refresca la memoria. Quienes no pasaron por allí pero escucharon hablar de él, deberían leer este libro. Refleja el clima que allí se vivía de boca de sus protagonistas. Imperdible, por caso, el reportaje a Enrique Symms.

Voy a hacer algo que no se debe hacer en las reseñas, pero después de todo ¿quién dijo que esto era una reseña?

Es bueno hacer la recorrida, para saber qué era lo que pasaba por allí, que era lo que generaba el boliche, y preguntarse qué nos pasó, dónde se está generando algo similar, qué fue lo que nos ocurrió para que la usina de cultura se convirtiera en una playa de estacionamiento.

Yo solía ir con mi hermano y con mis amigos a Cemento. Era una actividad corriente por aquel entonces, sobre todo porque no teníamos mucha plata para movernos, ni ganas de producirnos como para poder entrar a los boliches bailables.

Claro, preferíamos el rock a encerrarnos a escuchar música electrónica.

Entonces disfrutábamos de algún extraño modo esos rabiosos recitales de rock que ofrecían en ese lugar, construido para simular una caja de zapatos de hormigón que quedaba en la calle Estados Unidos al 1200, y que estaba regenteada por el ya por entonces controvertido Omar Chabán (más tarde condenado por su responsabilidad en el desastre ocurrido en República Cromañón en 2004, y muerto en prisión).

Pero ese no es el tema de hoy. Eran los noventa y todavía no sabíamos que podíamos morirnos dentro de boliches como esos. La movida del rock pasaba por allí, y nos divertía poguear salvajemente entre las paredes del lugar.
El libro de Nicolás Igarzábal, recién salidito del horno lleva el nombre de “Cemento – El semillero del rock” y cuenta la historia del lugar, contada por sus protagonistas.

No voy a detallar ninguna de las cosas que allí se relatan. El libro está muy bien escrito, es muy dinámico, está bien documentado con testimonios y con fotografías, y te lleva de la mano a revivir esas noches de calor llenas de ansiedad, así que desde aquí lo dejamos muy recomendado.

Quería aprovechar para recordar dos o tres anécdotas que, por supuesto, no están en el libro, porque me pertenecen. Después de todo ¿a quién podría importarle mis anécdotas en Cemento?

Una de ellas fue cuando alertados por nuestra madre, fuimos un viernes a ver a la Bersuit, que estaba trabajando por entonces en su nuevo disco “Don Leopardo”. Como era una banda por entonces impredecible, no nos llamó la atención que en la cola para entrar había muchos vestidos con pilotos negros. “Mirá por dónde pegó”, decíamos.

Empezó a sonar la banda soporte. Yo no la conocía. Tocó un tema y la gente se copó. Tocó otro tema, y la gente pogueó un poco. Empezaron a tocar una y todos deliraban gritando “e-ner-gía-po-si-ti-va”, y pensé que ya eran muchos temas para una banda soporte, y demasiada aceptación para un público que había ido a escuchar “Como nada puedo hacer” o “Fuera de acá”.

Preguntamos y nos miraron con cara asesina “Son los “Babasónicos, gil”, me dijo uno con los pelos parados de gomina. La Bersuit tocaría al día siguiente. La banda soporte, además de ser insoportable, era el show central de la noche, y yo me escapé de la turba de nenes darkys que buscaban refrescarse con energía positiva.

Ahora sí, en un recital de la Bersuit, empezó a sonar un clásico tambor que anunciaba el comienzo de “Los Elefantitos” (“no voy a parar, hasta ver elefantitos”, decían) y entró una murga con antorchas.

Cemento era una caja de zapatos de hormigón. Ya lo dijimos. Y la gente transpiraba, y la transpiración condensaba en el techo. Y lo gaseoso se volvía líquido. Entonces, llovía. Llovía sudor. Eso era lo normal en un recital caliente. Pero si a eso se le suma antorchas encendidas, ya no sólo llueve agua, también llueve hollín, el fuego quema el poco oxígeno que queda, y todo eso, mezclado con el humo de las porquerías que fumaban los pibes, hacían irrespirable el lugar.

Por suerte, “Los Elefantitos” anunciaban el final del show. Quizás después viniera el “Hociquito de ratón” y nada más.

Fuimos muchas veces más a Cemento, pero no tengo muchos más recuerdos, porque después de todo, si viviste los noventa y te acordás, no viviste los noventa.

Por suerte hay reseñas como “Cemento” de Nicolás Igarzábal que te permiten trasladarte a los recuerdos.

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2 comentarios en “El infierno está encantador, según Nicolás Igarzabal

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