Introducción

La narración es esencial para la humanidad, y así también lo ha sido en mi vida. Desde que a los cinco años, luego de haberme enseñado a leer, mi padre me dio mi primer libro de cuentos infantiles no me he detenido incluso hasta desarrollar una obsesión por la lectura de ficciones, y temo no tener suficientes años restantes para leer todo lo que tengo planeado. Una lista que mientras la voy leyendo, en vez de disminuir, crece. Por otro lado, contar es algo de lo que siempre he disfrutado. Como aquella vez que volviendo de viaje con una orquesta infantil me pasé la tarde entera detallándole a mi madre cada suceso vivido esos dos días, contento de ver sus gestos de sorpresa e interés. O unos años más tarde, cuando mis compañeros de escuela me pedían que les vuelva a contar de aquella vez que un guardia de seguridad que había recién conocido me terminó confesando ser un asesino fugado, y mientras se los relataba, exageraba e inventaba cosas para que la historia termine siendo aún más jugosa.

Desde los pueblos primitivos reunidos en torno a la fogata para escuchar a la anciana contar de un origen del mundo a causa de un bostezo de un dios vengativo, hasta nuestras familias reunidas en torno a unas papas fritas para escuchar al abuelo revivir sus hazañas y dolores, contar es parte nuestra como humanidad. Contar también se ha hecho aún más importante para mí en los últimos tiempos de oscuridad e incertidumbre.

Cuando uno añora, desea contar aquello que extraña. El hombre que no para de hablar de la amada ante los gestos de aburrimiento de sus compañeros que ya están cansados de oír de ella. O el preso que entre rejas cuenta historias reales o inventadas, pero en todas libre.

Porque contar ha sido también eso. Extrañar mi tierra, mi gente, mis colores y olores. Plasmarlo todo en un lienzo para luego observarlo y creer que estoy visitando mis añoranzas junto al que me quiera leer, para que también las visiten conmigo.

Juan Oscar Guzmán Illanes

<– VOLVER