Concierto de mediodía

Escondido tras bambalinas observaba cómo se movían los arcos de los cuerdistas de la orquesta. “Arriba, abajo, arriba”. Los músicos visiblemente aburridos y encorvados desentonaban con la efusividad del director de la orquesta, un hombre de grises cabellos rizados que ya se encontraba entrando a la ancianidad, parado frente a todos sobre un podio agitando los brazos con energía.

“Me cago. Otra vez tarde”, pensaba viendo mi silla vacía y sintiendo como un puño en la boca de mi estómago mientras trataba de inventar alguna nueva excusa. ¡Pero es que no iba a ser posible! Si a las 9 de la mañana recibí la llamada del director preguntando:

—¿Ya estás cerca?

—Sí, sí. ¡A cuadras! —mentí recién despertando. Y lo peor es que creo que el viejo sabía que no estaba cerca. No había ruido de calle en mi lado, sino total silencio. Silencio de dormitorio.

Ya me lo imaginaba exclamando frente a todos “tarde de nuevo”, vengativo. Claro que se iba a vengar desde aquella vez que tuvo que detener el ensayo para corregirnos:

—Fila de segundos, conmigo. A mi tempo.

—Disculpe, Durkas —levanté la mano sin esperar a que se me dé la palabra—, pero no se le entiende lo que dirige —continué desafiante.

—Y yo tampoco te entiendo lo que tocas —contestó con el ego de director dolido.

Nunca corrijas al director. Eso deberían enseñar los maestros. Aunque estén en evidente error. Aunque sea un compás de cuatro cuartos y estén dirigiendo en seis octavos. Nunca les corrijas porque te harán ver el resto de los ensayos a cuadritos. Pero el daño ya estaba hecho. Un simple segundo violín de tercer atril había cuestionado al Maestro, como había pretendido que lo llamemos desde el primer día y sólo el Concertino, tremendo chupamedias, lo llamaba así. Y aún más, este pinche segundo violinista de tercer atril había pasado por alto a su guía de fila, lo cual también era ganarse al menos una mirada de reproche de su parte.

“Y justo llegar tarde a la prueba de sonido, carajo”, pensaba tratando de mantenerme en la sombra de la bambalina, confiando en lo absorto que el Durkas estaba con Haydn. Aunque siendo sinceros a nadie le hacía mucha ilusión ese tipo de “pruebas de sonido” que no eran otra cosa que ensayos extra disfrazados. Ahí no había mucho sonido que probar, si todos los músicos nos conocíamos de memoria el Teatro Achá y su trampeada sonoridad. Todos sabíamos que ese ensayo, dos horas antes del concierto era un manotazo de ahogado antes del fracaso, la ignominia frente a los asistentes de un concierto de mediodía.

O sea, ni siquiera nos dieron un horario decente de concierto si no a las 11 am. Pero había que entender que como orquesta nueva aún no habíamos pagado “derecho de piso”. Y digo orquesta nueva, pero no músicos nuevos. Porque somos los mismos intérpretes en todas las orquestas (que tampoco llegamos a contar todas las orquestas con los dedos de una mano) que íbamos rotando, según la orquesta y su director. Diferentes quioscos pero misma mercadería ordenada diferente. En una de ellas yo sería primer violín, en la otra segundo violín. En una sería primer atril, en la otra tercero. Dependiendo de qué tan bien, o mal, me lleve con el director.

Ah, pero esta vez sería diferente según el Durkas, que nos había convocado con tantas promesas de excelencia. Excelencia, esa palabra tan manoseada en el ámbito. Demasiado para su naturaleza abstracta. Pero todos la pregonan y todos la citan. Todos la añoran y se la adjudican. Al final todos sonábamos como sonábamos. Y ahí estaba yo viendo pleno ensayo una hora antes viendo cómo la orquesta de cámara luchaba contra un coloso para aproximarse un poco a lo que Haydn alguna vez hubiera imaginado que podría sonar.

“Mejor me hago el gil y me aparezco directo al concierto”, pensé retrocediendo y tratando de no hacer rechinar mucho las tablas del escenario que crujían al mínimo cambio de presión de mis zapatos. Logré salir del escenario sin ser notado para encontrarme en una sala de espera contigua del lado izquierdo, mirando hacia la platea. Un lugar pequeño alfombrado, decorado con un espejo de marco dorado y de intención barroca que ocupaba toda una pared, dos sillones antiguos con cigarreras a la altura de los posabrazos. La sala, donde el público va a saludar a los artistas luego de las actuaciones, dentro de todo es el lugar más cómodo y de los mejores recuerdos que tengo del teatro. Porque por lo general siempre me he sentido invadido por cierta congoja estando ahí. Tal vez por su pasado colonial, de claustro de monjes agustinos y sus historias de fantasmas. En verdad lo más terrorífico era que de niño me traían a los conciertos y ni bien entraba a la platea me encontraba con un cofre de vidrio que contenía los huesos del expresidente Gerónimo de Osorio expuestos junto a dibujos de frailes de cabeza rapada seguidos de textos históricos que le otorgaban la decisión de haber convertido el claustro agustino en el primer teatro de la ciudad. Pero yo sólo veía los huesos amarillentos sobre una gruesa y mullida tela roja, imagen que no me dejaría dormir por las noches.

Atravesando la salita me fui hacia la puerta de los camarines, ahí dejaría mi instrumento y esperaría la hora restante, tal vez podría comprarme una empanada de queso y helado de canela.

Al pasar por la puerta recibí el familiar aire gélido causado por el piso de cerámica y la baja exposición al sol del sector. Pero la sensación fue reemplazada de inmediato por un vuelco en el estómago al verla a la Olga frente a la puerta, sentada en unas escaleras de madera, mirándose en un espejo que hay de lado apreciando cómo le quedaba su traje de ballet color rojo.

—Olga, ¡te han hecho venir a la prueba!

—Sí, a ver, ¡este Durkas! Si sólo bailo en el segundo movimiento. Un ratito he estado y para eso me ha hecho venir temprano.

—Pero ya lo conoces. Sabes que está nervioso.

—Qué importa igual, si somos sinceros el concierto se va a ir al carajo.

—Tampoco que sea novedad.

—Sípues. Ni siquiera sé qué hago yo aquí.

—Además de embellecer el lugar —le dije guiñando el ojo.

—Obvio —dijo mientras, halagada, hacía el ademán de pasarse la mano sobre un simbólico cabello que en realidad tenía recogido todo en un apretado moño—. Pero Haydn con ballet… ¿digo no?

—Tal vez el Durkas siente que sólo música no es suficiente —bromeé.

—Improvisá la coreografía, me ha dicho el Durkas. Así nomás. Si salto como orangután o plagio “El Cascanueces” le da igual siempre y cuando la bailarina esté en el escenario. Obvio a mí me sirve, me hago conocer. Va a venir mi familia. Pero, ¿a ti te pagan?

—Qué me van a pagar. Nadie cobra, excepto el director. Pónganse la camiseta de la orquesta, nos dicen. Pero es él el que tiene auto nuevo.

—Bueno a mí tampoco. Claro que es gratis el concierto.

—Imposible cobrar por un concierto al mediodía en plena semana laboral.

—¿No viene nadie no?

—Son conciertos vacíos. A veces tememos ser más músicos que público. Vienen abuelitos, gente que está aburrida… bueno, mi chica —entonces nos invadió un incómodo silencio que duró un par de segundos.

—¿Cómo está ella, che?

—Bien, bien —contesté antes de volver a callar. Ella se puso de pie y se acercó al espejo para alisarse un poco el traje rojo que se le había arrugado por estar sentada.

—Es feo este teatro —me dijo, poniéndose de lado frente a su reflejo.

—Reliquia es. Y también feo, sí. En su momento habrá sido la gran cosa.

—Menos mal el segundo movimiento es lento y no tengo que hacer muchos malabares. ¿Has visto que el escenario está inclinado? —dijo representando con la palma extendida de la mano el suelo desnivelado del escenario—. Y no es poca la inclinación. Voy a terminar cayéndome incrustada en la cabeza de alguno del público —continuó riendo y representando su caída con las manos.

—Oye, Olga, quería hablar hace tiempo contigo —la interrumpí.

—¿De qué pues? —preguntó para luego sonrojarse visiblemente.

—Yo creo que sabes de qué.

—¿Ah sí? ¿Adivina había sido?

—Ya pues Olga.

—Ya pues te digo yo. Hable o calle para siempre —añadió con voz ceremoniosa y burlona. Se puso muy cerca frente mío. Tanto que podía oler su perfume y el mentol de su boca. El rubor anterior fue reemplazado por una mirada dominante.

—¿Y? ¿Vas a hablar? —volvió a preguntar al verme nervioso y sin pronunciar palabra. Pero no pudimos seguir porque de seguro la prueba de sonido había terminado y la puerta que nos separaba de la sala de espera se abrió de golpe para dar paso a los músicos que entraron a tropel. Nos alejamos instintivamente y ella fue de nuevo a sentarse a las gradas, para seguir observando su traje rojo en el espejo.

—Hablamos luego —le dije por lo bajo, exagerando la modulación de mi boca para que nadie escuche, a lo que ella contestó con un pulgar arriba.

—Oye, cojudo —sentí la voz del guía de las violas en el oído—. No hagas huevadas. Y me llevó aparte tomándome casi con violencia del antebrazo.

—¿Crees que la gente no se da cuenta? —continuó—. Tu chica está afuera, huevón, la acabo de ver. Y tú hueveando. No cagues lo que tienes hermano. Te lo digo por experiencia.

—¿Afuera?

—Sí, viejo, a metros. Y tú todo carameloso.

—Hermano no estaba haciendo nada.

—A mí no me vengas con huevadas, viejo. Todos nos damos cuenta. Todos.

Entonces sentí una mano introducirse desde atrás en el bolsillo izquierdo de mi saco. Miré y era la Olga que se alejaba guiñándome un ojo.

—¿Nada? —preguntó mi amigo con cara burlona.

—Nada, hermano —contesté encogiéndome de hombros.

—Ya, si quieres joder tu relación jodela. Pero como tu amigo te digo.

Y se alejó molesto. Metí la mano buscando qué había dejado la Olga y era un papelito rosado arrancado a la rápida que tenía escrito: “¿Vas a hablar alguna vez?”.

No tuve mucho tiempo para pensarlo porque por el rabillo del ojo distinguí los rulos encanecidos del director. Tenía que esconderme si no quería un sermón en público. Entré a un camarín cualquiera. Dejé mi violín en el suelo y pude ver que ya había pasado para el otro lado. Casi corriendo me dirigí de nuevo a la puerta y salí hacia la sala de espera. En efecto mi novia estaba ahí. Me sorprendió ver su apariencia despeinada y jadeante, con la cara enrojecida. Así como su ropa deportiva traspirada y desencajada. Como si hubiera recién tenido una pelea.

—Mary, ¿qué ha pasado? —le pregunté, ansioso por salir de ahí.

—Si te cuento no me crees. Es rarísimo. ¿No estabas ensayando?

—No, no. Me he quedado dormido. Has venido temprano.

—Falta media hora —dijo consultando su reloj y me percaté de que tenía el brazo lastimado por heridas recién hechas. Unos arañazos probablemente. Pero tenía prisa antes que el Durkas me encuentre, así que decidí preguntarle más tarde.

—Sabes que los conciertos por lo menos empiezan media hora tarde —dije dirigiéndome a una puerta que daba al pasillo.

—Pareciera que no me quieres aquí —me increpó.

—No, no es eso. Es que me estoy escapando del Durkas.

—Vamos a tomar algo, tengo que contarte algo rarísimo que me acaba de pasar —dijo tocándose el brazo lastimado.

—¿Nos vas a presentar? —surgió la voz de la Olga desde la puerta de los camarines, quien se acercaba hacia nosotros.

—Amor, te presento a Olga —dije tratando de esconder mi ofuscación cuando estaba ya junto a nosotros—. Va a actuar también.

—Mucho gusto —dijo también seria y le extendió la mano—. Soy Mary. Por lo visto se ha olvidado cómo me llamo —agregó mirándome molesta. La Olga le agarró el brazo mirando sorprendida los arañazos.

—Bueno, che, yo me tengo que ir —les dije a ambas cortante—. Luego hablamos mejor ¿sí?

Y me dirigí sin esperar respuesta hacia el pasillo. Ya tendría tiempo de inventar excusas con una y la otra, por separado sería mejor. Tenía que salir de ahí.

“Tal vez si espero en un palco”, pensé en subir a unas gradas que se encontraban al lado de un baño a mi izquierda. Ahí podía estar hasta que comenzara el concierto. A toda prisa trepé y me encontré en el segundo piso. A lo largo había varias puertas que me comunicarían con los palcos del lado izquierdo del escenario. Al entrar por una me encontré con una cortina terciopelada negra. Pero al atravesarla, en vez de encontrarme con butacas terminé extrañamente ingresando por el lado derecho del escenario. ¿Cómo podía ser posible? No lo sabía. Lo que me terminó por llamar la atención fue que en vez de estar vacío y ordenado para el concierto que sería en breve, me encontré con unas veinte personas bailando con trajes típicos mientras sonaba por los parlantes a un volumen ensordecedor una conocida canción con ritmo de tinku. La mitad eran mujeres con vestidos amarillos anchos, con una gran franja llena de dibujos andinos color terracota de llamas y cóndores cerca de las pantorrillas. Con cada movimiento hacían saltar los coloridos adornos en torno a sus cinturas y los pequeños espejos en sus sombreros blancos destellaban junto a cintas y plumas rojas y verdes. Medio reclinadas hacia adelante agitaban los brazos desnudos con los puños apretados a los costados y formaban un círculo, en cuyo centro bailarines hombres simulaban una lucha, agazapados con las piernas abiertas y golpeando rítmicamente el suelo con cascos de cuero duro de vaca. Llevaban pantalones verdes y gruesas polainas de lana adornadas con rombos también verdes y rojos que cubrían hasta sus rodillas. Los adornos de cóndores y llamas cubrían sus pechos sobre unos sacos indígenas amarillos. Volver por donde vine sería exponerme de nuevo al director, o a la Mary y a la Olga pues podrían haberme seguido. Así que decidí bordear el escenario y encontrar otra salida. Pero, absorto en las vestimentas y el baile, olvidé ser cuidadoso y al empezar a caminar mis zapatos hicieron rechinar el suelo de madera. Esto pareció molestar tanto a los danzantes que giraron sus cabezas al mismo tiempo y trocaron unas sonrisas plastificadas por un ceño fruncido. Los varones se unieron al círculo sin dejar de bailar. Amenazantes las mujeres desengancharon de sus fajas unos chicotes de cuero y comenzaron a agrandar el círculo. Yo no quería creer que esto tenía que ver conmigo. Estaba claro que era parte de la coreografía. Pero cuando vi que el círculo ya había alcanzado el perímetro completo del escenario y algunas mujeres se situaron detrás de mí dejándome dentro del círculo empecé a extrañarme. Entonces recibí un latigazo punzante en el hombro que me provocó un grito que pareció molestar aún más a los bailarines porque empezaron a achicar el círculo, conmigo dentro. De un salto ingresé al escenario para evitar otro golpe y al hacerlo me percaté que la platea, galería y los palcos estaban repletos de público. Había incluso gente de pie. El círculo fue reduciendo su tamaño a medida que avanzaban, un paso a cada golpe de los cascos en el suelo, empujándome cada vez más hacia el centro. Tenía que salir de ahí. Sintiendo aún el ardor en mi hombro decidí que temía más a los látigos que a los golpes de los cascos. Cuando el círculo tenía pocos pasos de radio me animé a derribar de una patada el casco de uno de los varones. Esa patada generó en el público gritos de euforia y comenzaron a aplaudir cantando la letra de la canción que venía sonando en los parlantes. El bailarín desarmado se vio aludido así que entró al centro conmigo. Sus compañeros varones se fueron danzando hacia el fondo del escenario. Quedamos sólo él y yo dentro del círculo de bailarinas que latigueaban el aire en nuestra dirección. Empezamos con puñetazos en la cara y rodillazos en las costillas. No me iba tan mal, pues los golpes ni los sentía por la adrenalina. Por suerte había un reflector de techo que daba directo en la cara de mi oponente así que le costaba ver cuando le llegaban mis porrazos en la nariz.

En un momento perdí el equilibrio al recibir una patada en pleno pecho y trastabillé hacia atrás. Pero tuve que volver sobre mis pasos porque empecé a sentir los latigazos en mi espalda que no permitirían que huya hasta haber sangrado bien la ofrenda para la pachamama. Mi sangre o la suya. Entonces volví para pelear y hubiera durado más pero mi contrincante se asió fuerte a mi saco, y me dio un cabezazo que me dejó por un momento cegado. Por suerte reaccioné antes que volviera a hacerlo. Se me ocurrió pasar mi pierna detrás de las suyas y hacerle una zancadilla provocando que se desequilibre. Caí encima de él. Vi que el casco que había dejado caer momentos antes se encontraba a mano. Así que alargando mi brazo lo tomé y empecé a usarlo de arma. Cada vez se defendía menos de los golpes. Me descubrí gritando y llorando con amargura mientras sentía mi cara adormecida y húmeda ya sea por el sudor o por la sangre que la cubría. Tenía que salir de ahí cuanto antes y eso de seguro sería cuando gane la pelea.

Entonces poco a poco el bailarín dejó de moverse. Me quedé inmóvil, montado en su inerte cuerpo viendo cómo el suelo del escenario absorbía sediento un charco del espeso líquido rojo que emanaba del cráneo aplastado a golpes. Empecé a recobrar el sentido del oído y miré la platea rodeada de palcos llenos de un público eufórico que aplaudía rítmicamente cantando a viva voz “Ay caray / Soy feliz / Con mi wist’u vida”.

Me puse de pie cuando el círculo se abrió y salí a paso lento, sollozando por la paliza que acababa de recibir. Atolondrado ingresé en la oscuridad de las bambalinas en las que más temprano me había estado escondiendo. No pude evitar notar, pese al aturdimiento, que escondido también en la oscuridad se encontraba el cuerpo inerte de una mujer con traje típico. Quedé petrificado, pero no me encontraba en mis cabales para reaccionar. Decidí limpiarme un poco la cara con la manga de mi saco. Creo que no era tanta la sangre pero sí sentía cómo se me iban hinchando los lugares donde había recibido los golpes.

Quería evitar que me vieran así y salir de vuelta al baño del pasillo. Lavarme bien y excusarme para el concierto. No podría tocar, era obvio. Me dirigí por segunda vez en el día hacia la sala de espera del escenario pero cuando ingresaba me detuve al escuchar las voces de la Olga y la Mary.

—Oye Olga, hace tiempo que quiero hablar contigo —decía la Mary.

—¿Ah, sí? Hable ahora o calle para siempre —le contestaba ceremoniosa la Olga.

—No te hagas, si sabes de lo que quiero hablar.

—¿Adivina había sido entonces?

Se hizo silencio y luego la Olga le preguntó:

—¿Y? ¿Vas a hablar?

Entonces me acerqué. Vi que la Mary estaba bien peinada, sin lastimaduras, con ropa de concierto y cargando un violoncello en la espalda, cosa rara porque ella es deportista y no hace música.

—¡Hola! ¿Qué te ha pasado? —me preguntó la Mary alejándose de la Olga instintivamente.

—¿Por mi cara dices? No sé Mary, si te cuento no me crees.

—¿No nos vas a presentar, Mary? —preguntó la Olga mirándola.

—Amor, te presento a Olga. Va a bailar hoy —me dijo tratando de esconder su ofuscación.

—Sí, yo sé —le contesté aturdido.

—Sabe, Mary, si estoy vestida con mi tutú —bromeó la Olga y me percaté que el traje de ballet era el mismo de más temprano, pero era ahora amarillo.

—Has venido temprano —la interrumpió la Mary ofuscada.

—Me da la impresión de que no me quieres aquí —le dije comenzando a sentir celos—. Además ya te dije que me he quedado dormido. ¿Cuánto falta? —pregunté y consulté la hora de mi celular. Al hacerlo la Olga me miró impresionada la mano, de seguro al verla hinchada y con restos de sangre fresca.

Faltaba aún media hora para el concierto. “¿Media hora?”, así que las dejé sin dar explicaciones, confundido por los golpes en la cabeza y por lo que acababa de pasar.

Salí hacia el pasillo de nuevo. Al lado de la puerta estaba el baño. Entré y abrí el agua del lavabo. Empecé a frotar enérgicamente mis manos y limpiar los restos de sangre. Su frescura me calmó el dolor que estaba empezando a sentir. Me lavé la cara. Tenía sangre coagulada en la nariz así que tuve que soplar y enjuagarme viendo cómo el moco rojo nadaba en círculos sobre la porcelana antes de irse a la alcantarilla. Ya más relajado quise pensar mejor las cosas y recordé que de niño para que no me obliguen a ver el concierto me escondía en los cubículos de los inodoros. Si cerraba la puerta tendría un buen momento a solas. Entré en el bañito y cerré la puerta. Me senté y metí mi cabeza entre mis manos sosteniendo mi cabello con los dedos. Cerraba los ojos tratando de relajarme. No sé cuánto tiempo habré estado así, respirando hondo totalmente agotado y adolorido. Pero cuando los abrí me encontré con que todo estaba oscuro. ¿Habrán cortado la luz?, pensé.

Abrí la puerta y caminé a tientas con las manos adelante hasta encontrar la pared. Cuando toqué el muro me pasó un escalofrío por la espalda. Por el tacto supuse que era de piedra lisa y tierra, y no de la cerámica que yo conocía. Estaba húmeda y era irregular. Hacia mi izquierda había un pequeño reflejo de luz. Supuse que habría una salida así que guiado por mis manos caminé lentamente en esa dirección. Vi que ya no estaba en ningún baño porque el reflejo de luz provenía de una vela gruesa dentro de una lámpara que estaba colgada a un lado y a medida que me acercaba descubrí que me encontraba en una especie de túnel. Con cuidado la tomé para iluminar mejor por dónde iba. Pero ya cerca vi las paredes iluminadas y sentí temblar mis rodillas cuando encontré que lo liso y duro que estuve sintiendo con las manos todo este tiempo eran huesos incrustados. Y no eran de tamaño natural sino que entre los huesos había cráneos más pequeños que las palmas de mis manos. Como si se tratara de cráneos de recién nacidos.

—¿Quién anda ahí? —dijo entonces una voz masculina.

—¿Hola? —pregunté asustado hacia el lado del que hablaron.

—¿Quién sois?

—¿Dónde estoy?

—Venís del convento de Santa Clara —dijo la voz.

—¿Convento? Estoy en el teatro.

—No, hermano. ¿Cuál teatro? Acercaos.

Cuando me acerqué me encontré con un hombre joven de sotana gris con una cuerda que ceñía su cintura. La cabeza la tenía rapada en la coronilla, pero no a los costados formando una especie de corona de cabellos medio cubiertos por una capucha, extensión de la sotana. Me escrutaba desconfiado con la mirada.

—Nunca os vi, hermano. ¿Cuándo llegasteis? —me preguntó, observando mi ropa.

—Deben ser unas horas, llegué tarde porque me quedé dormido.

—¿Pero por qué venís del convento?

—¿Cuál convento? Estoy perdido, ¿no?

—De las hermanas clarisas. Vuestra confusión es evidente hermano. Seguid por este camino hasta nuestro convento.

—¿Y nuestro convento cuál es? ¿Qué son esos huesos? —pregunté al borde del llanto.

—San Agustín. ¿Estáis aquí abajo y no lo sabéis? Son los nacidos de las hermanas. ¿Cuándo decís haber llegado? —agregó y sacó lentamente bajo sus ropas lo que pareció ser un cuchillo.

—¿Sigo por el camino entonces? ¿Estoy muy lejos?

—No hay a dónde perderse. Unos cincuenta pasos —contestó.

—Escucho aplausos. Deben ser del teatro.

—No oigo aplausos, hermano. Ya os dije que no hay teatro —dijo y me di cuenta que sostenía el cuchillo con fuerza y temblaba.

—Hasta luego —me despedí. Y agregué: —hermano.

Empecé a caminar dejándolo atrás y evitando ahora tocar los muros. Pero escuché luego sus pasos y vi que me empezó a seguir blandiendo el cuchillo. Me puse a correr agradeciendo no usar sotana ni sandalias como él, por lo que se me hizo más fácil sacarle ventaja.

A medida que avanzaba escuchaba los aplausos más cercanos y al fin llegué al pie de unas gradas de piedra maciza que me llevarían arriba. Subí a toda prisa y encontré una puerta metálica que cerraba el paso al suelo tapando el túnel. La cerré con fuerza justo antes de que el fraile logre subir y pasé un grueso cerrojo esperando resistencia o golpes. Pero nada sucedió. Como si nunca hubiera habido alguien detrás mío. Los aplausos eran atronadores y acompañaban el sonido ensordecedor de los amplificadores que hacían sonar la misma canción, un tinku conocido que la gente cantaba mientras aplaudía: “Desde ch’iti ayqiwasay / soy mujeriego munasquetay”. Pero no veía de donde provenía porque me encontraba detrás de lo que reconocí como el biombo acústico del fondo del escenario. Me encontraba rodeado de todo tipo de escenografías usadas alguna vez por otros artistas. Una cruz gigantesca, carros de utilería, cabezas de artesanía que llegarían a tener la mitad de mi estatura.

“Tal vez cancelaron el concierto”, pensé mientras rodeaba el biombo. Al sortearlo pude ver el escenario desde el lado izquierdo y me encontré con el mismo grupo de danza folclórica. ¡Hace cuánto que siguen bailando! Entonces lo recordé y vi a la sombra de las bambalinas, el cuerpo inerte de la bailarina y escondido también se había sumado el del hombre al que le había aplastado la cabeza. Vi luego que el grupo de mujeres que bailaban estaban escoltadas por una fila de varones que golpeaban el suelo con sus cascos y rodeaban a una pareja que parecía estar peleando en el centro. Era una bailarina con traje de tinku encima de otra que tenía un traje de ballet que se me hacía conocido, pero que esta vez era de color verde.

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