Texto seleccionado en la convocatoria «Cuentos de una siesta de verano».
por Gabriel Antonio Forte
—Lo más animal es ponerlo a dormir —Lopéz me miraba desde la camilla de acero. La lengua le colgaba jadeante y en sus ojos asomaba una pregunta: “cuándo nos vamos”—. Es lo más animal que podés hacer en este momento.
Para Bazterrica lo piadoso era lo animal, no lo humano. Acariciaba los pelos negros de López con sus manos gruesas, de carnicero.
—Pero… si está bien —le dije, mirando un punto fijo entre ellos. No me atrevía a ver los ojos del veterinario y menos los de López, después de esa sentencia.
—Hasta ahora sí, pero la enfermedad va a seguir avanzando y va a dejar de comer, de caminar, de ver —se detuvo un momento— de poder contener la caca. Una semana más, a lo sumo dos.
López era el perro de Lila, mi ex novia. Lo había adoptado apenas nos mudamos al monoambiente de la calle Padre Ghio. Era chiquito, un mestizo de quinta generación, con el pelo apenas largo y los ojos asustados.
—Ese perro va a ser grande —le dije.
—Qué decís, es re chiquito. La de la protectora me dijo que la madre era una enana cuando la rescataron del basural. Mirá esa cara ceñuda, se parece al almacenero de mi barrio, López.
—Va a crecer y no vamos a poder con ese acá.
—¿Ese qué? No seas atrevido. López, a este me lo saca carpiendo —el perro la miraba a Lila, hecho un ovillo al lado del calefactor apagado. Se tapaba el hocico con las patas delanteras, era gracioso verlo así.
Y así fue que el nombre se le pegó, primero como chiste y después como costumbre.
A los cuatro meses el “enano” apenas entraba en el colchón que le había comprado en la veterinaria del barrio Lila. Después me enteré que Bazterica le había dicho que, por la contextura de las patas, el animal iba a ser medianito, tirando a grande. Pero Lila no me lo reconoció jamás. A veces era terca.
—Te dije que iba a crecer —le decía cada vez que López, en su torpeza cachorra, se llevaba por delante las pocas cosas que había en el departamento.
—López, me lo saca carpiendo a este —me contestaba mirando al perro, que sacaba la lengua jadeante y daba ladridos cortos en mi dirección.
Y así, de a poco, se instaló en nuestra vida de pareja recién mudada. Lila venía de vivir peleando con sus padres y sus dos hermanas. Yo venía de una soledad contagiosa de la que apenas estaba saliendo.
Me dijo, después de una pelea interminable con la madre por teléfono, que nunca tendría hijos. Para seguirle la corriente, le dije que yo tampoco. Aunque nunca lo había pensado.
Ella era casi todo lo que yo no era: se pintaba el pelo de colores, usaba ropa ancha, zapatillas desatadas; salvo cuando tenía que ir a su trabajo. Para esas ocasiones, de 8 a 16, se ponía el “uniforme”: un pantalón de vestir más al cuerpo, una camisa y un saquito sastrero.
En ese momento, los dos teníamos trabajos demandantes y López se quedaba gran parte del día encerrado en esa caja a la que llamábamos casa. El primero que llegaba tenía que pasearlo y limpiar lo que había quedado de esas horas en abandono. Por lo general era yo el que llegaba antes.
López intuía, supongo, el momento de mi llegada. Lo encontraba sentado delante de la puerta, debajo de la correa rosa que le había comprado Lila. “No hay género en los animales, nene”, me dijo cuando le hice notar el color.
Lo llevaba hasta la plaza Sarmiento, pero a veces, caminábamos por el costado del ferrocarril, que no es un lugar cuidado como ahora. Los pastos se asomaban desde los alambrados herrumbrosos, invadiendo el camino de tierra. A López le encantaba. De vez en cuando se metía entre los huecos abiertos y tenía que ir a buscarlo arrastrándome por el mismo lugar.
Rara vez Lila lo paseaba. Salvo los fines de semana.
Lila trabajaba en un estudio contable en el centro. Su jefe, según ella, era un déspota que la hacía quedarse más tiempo del que le pagaba. Pero Matías Correa, así se llamaba, pasó de ser un hijo de puta explotador, a ser Correa a secas, Matías y, cuando me dijo que se iba, Matu.
—Sabés que te quiero un montón, pero no lo suficiente. Y creo que te estoy haciendo mal, nos estamos haciendo mal —Lila me miraba mientras me apretaba la mano por sobre la mesa redonda, minúscula, del departamento.
López seguía el movimiento de nuestras bocas, acostado debajo del calefactor. Con las patas delanteras se tapaba el hocico.
—No me alcanza vivir así. Y con Matu me pasan cosas que pensé que nunca me iban a pasar. Conectamos desde otro lado, sabes. Distinto al nuestro.
La verdad, no entendía de qué me estaba hablando. Dejé de mirarla, de intentar descifrar lo que me decía, y me concentré en López.
—Sacala carpiendo a ésta —le dije al perro, que me ladró, como cada vez que escuchaba esa palabra.
—Ves, no se puede hablar en serio con vos. Siempre lo mismo.
Lila tenía ya su bolso preparado. Agarró la correa rosa y lo llamó a López.
—Vamos le dijo —y el perro se levantó moviendo la cola—. En la casa de Matu hay un patio enorme. Va a estar mejor.
Una semana después, Lila me esperaba en la puerta de casa, con López y su correa rosa.
El corazón se me puso inquieto mientras recorría los últimos metros. “Volvió”, pensé. Pero me dí cuenta que no había bolso y que en el cordón había una camioneta negra, nueva, inalcanzable.
—Mordió a Matu —me dijo y me extendió la correa. Tenía los ojos hinchados de llorar. Le acarició la cabeza, lo beso en el hocico y se subió a la camioneta de su nuevo novio y se fue.
López ladró dos veces en dirección a la BM antes de salir corriendo para el otro lado, para la plaza. En la esquina se paró en seco y me miró, expectante. Lo seguí pensando en la soledad quieta de esos días y si tenía plata en la cuenta para comprarle alimento al perro.
A los pocos días dejó de dormir debajo del calefactor y ocupó el lugar que era de Lila en la cama. A veces lo tenía que correr, sobre todo cuando alguna amiga venía de visita. Pero la mayor parte del tiempo ese lugar era de López.
Con el correr de los meses, Lila dejó de pasar a verlo.
—Matu es alérgico a los pelos de perro —me dijo un día.
Matu es un pelotudo, pensé, pero solo le dije «Ajá».
López le pasaba la lengua por las manos. Manos que Lila se ocupó de limpiar una y otra vez.
—Chau —me dijo y se subió a la camioneta.
—Sacala carpiendo a esta.
Y López le ladró.
—Lopéz se muere —le dije sin decirle hola— una semana, a lo sumo dos.
Del otro lado sólo escuché la respiración entrecortada de Lila antes de colgarme.
Hacía un año que no hablábamos. No sé si la llamé para que sepa o para lastimarla. O si en el fondo albergaba la esperanza de que viniera.
Esa noche recibí un Whatsapp de Lila: “Sos un hijo de puta”.
Lo leí con López lamiéndome los pies, al pie de la cama.
Lila apareció al otro día. Del hombro derecho le colgaba una mochila que parecía pesada. Era Lila, pero a la vez no lo era. O por lo menos no era quien se dibujaba en mi mente cuando pensaba en su nombre.
Estaba maquillada y vestida de secretaria ejecutiva. Algo más carnosa (si eso existe como posibilidad, supongo que siempre lo es), el pelo con su color natural, brillaba bajo el sol pálido. La camioneta, está vez, no estaba.
—Sos un hijo de puta, sabes —tampoco me dijo hola.
—Son cosas que se adquieren estando solo —le dije en un tono que quiso ser de sarcasmo, pero que al salir sólo dio lástima.
—¿Dónde está? —estaba a punto de llorar— ¿cómo está?
Me quedé unos segundos más con las llaves en la mano, apuntando a una cerradura invisible. Lila me las arrebató de las manos y abrió. López, como siempre, estaba delante de la puerta. Expectante. Le ladró a Lila o eso quiso. Desde la visita al veterinario el ladrido se había ido apagando. Se paró como si estuviera moviendo el peso del mundo sobre su lomo. Lila se agachó, creo que lloraba, y le dijo: “Hola López, ¿cómo le va?”.
Lila lo trataba de usted al perro. “Tiene por nombre un apellido”, era su explicación a esa costumbre.
López se dejó acariciar. Primero algo arisco, temiendo que esa mano se vuelva a ir. Pero después se entregó entero a las manos de Lila. Se que intentaba saltar, por cómo movía las patas traseras, pero eso que se lo estaba llevando no lo dejaba.
Pasé por un costado de los dos y dejé la puerta abierta.
—¿La soledad te hizo vivir en carpa a vos? —me dijo mientras cerraba.
—Pensé que te tenías que ir rápido, como la otra vez, cuando lo dejaste a López —no podía dejar de actuar como un pendejo. Lo intentaba, pero no me salía.
Lila me ignoró. Supongo que hizo bien. Dejé el morral arriba de la mesa y me tiré en la cama. Las manos bajo la cabeza y la mirada apuntando a una mancha de humedad que apareció primero como un lunar, cuando Lila se fue, y ahora era un círculo imperfecto del tamaño de una pelota de tenis.
—Venga, vamos a caminar López, que acá se te pega el olor a boludo —el perro gimió al pararse.
—Se cansa. Lo vas a tener que alzar si se te vas lejos —le dije sin perder de vista la mancha.
No me escuchó. O sí y solo prefirió cerrar con un portazo. La mancha seguía en su lugar cuando cerré los ojos.
—¿Dónde vas a dormir? —le pregunté cuando me dijo que se quedaba.
—En la cama, dónde si no —me miró como si le hubiera preguntado de qué color era López.
—Lila…
—Somos grandes, podemos dormir en la misma cama. No pasa nada.
—Preferiría que no. Te doy tu llave de vuelta y venís cuando vos quieras a ver a López.
La llave que había sido de Lila seguía colgada al lado de la puerta, con el llavero de Harry Potter que le regalé cuando nos mudamos. Pero, como siempre, no me escuchó. Acomodó la mochila de su lado de la cama, fue hasta el armario y sacó dos almohadas. Las colocó en el medio, simulando una frontera montañosa, y dio por zanjado el asunto. Sin que exista otra posibilidad.
Lila se instaló en el departamento y volvimos a ser tres.
Esos primeros días fueron incómodos, pero nos acostumbramos a esa frontera mullida y a nuestras presencias silenciosas.
López por un momento nos engañó. Parecía ser el mismo de antes. Ladraba (con una leve afonía, eso sí), y, a pesar de lo que le costaba levantarse, siempre estaba listo para ir a la plaza o al predio ferroviario.
La que estaba rara era Lila. Me dijo que le había pedido a Matías esos días para estar sola, para pensar.
—¿Pensar qué?
—Nada nabo, ¿qué le iba a decir, que me iba a instalar en la casa de mí ex a cuidar al perro?
A pesar de esa respuesta, había algo más.
Varias veces vi como ignoraba las llamadas de su jefe (me cuesta todavía pensarlo como su pareja). Se encerraba en el baño y se quedaba un buen rato. Creo que para llorar. Pero nunca le pregunté.
Cuando salía, agarraba la correa y le hacía señas a López para que la siga. El perro se paraba con todo lo que eso le costaba, le movía la cola y antes de salir, me ladraba.
Yo los seguía en silencio desde la puerta.
Fue esa calma que antecede a las tormentas, ese momento de luz que se abre entre las nubes y que nos devuelve a esa infancia crédula, de la que la adultez nos arrancó.
Hasta que pasó lo de los vagones abandonados.
Ese día llegué del trabajo y no estaban. Me tiré en la cama y creo que me dormí mirando la mancha de humedad, que parecía une pequeña nube negra.
Ni siquiera escuché la puerta. Sólo el grito de Lila.
—¡Se me fue! ¡Se me fue! —repetía.
Ya no entraba luz por la ventana que daba al fondo común. La mancha apenas se veía en la penumbra del departamento.
—¿Qué? —balbuceé— ¿Dónde está López?
—¡Se me escapó! —me gritó y ví la correa rosa colgada cerca de la puerta abierta— salió corriendo y se metió en el predio —los ojos de Lila estaban húmedos, asustados, ya no gritaba. Otra vez estaba a punto de llorar.
—¿Cómo que salió corriendo? —le pregunté por inercia— si no puede ni pararse sin que le duela, cómo va a correr.
—No sé, no sé… me distraje con el teléfono y cuando me di cuenta corría entre los vagones —ahora sí, lloraba.
— Vamos —le dije.
El predio estaba oscuro. Algunos autos pasaban rápido por Jean Jaures y pensé que hubiese pasado si López en lugar de meterse al predio, encaraba hacía la calle. Lila caminaba explicando que no se había dado cuenta, que estaba distraída, que no pensó que se podía ir así. Yo llamaba a López sin prestarle atención.
—Se metió por ahí —el ahí era un hueco en el alambrado del tamaño de una persona.
—¿Por qué no lo seguiste?
—Me dio miedo —me dijo mirando el suelo de tierra.
Entré llamando a López, con gritos que se alargaban en la noche, sin mirar donde pisaba entre los pastos altos. Lila se quedó unos segundos en la misma posición, como si estuviera buscando algo, hasta que su cuerpo se movió y también entró.
A pesar de los llamados, el perro no aparecía y la oscuridad hacía imposible ver que había dos metros más adelante.
— Voy a buscar la linterna, esperame acá.
—¿Estás en pedo vos? Ni loca me quedo acá adentro. Usemos tu teléfono, el mío se quedó sin baterías —la voz de Lila temblaba.
—No lo traje y la linterna es mejor. Pero ¿qué pasa si aparece?, ¿y si viene después de que me escuchó? No sé cómo habrá hecho para correr, según vos, pero…
—Se me escapó. Perdón. No me di cuenta. Estaba atendiendo una llamada…del médico.
En ese momento no la escuché, creo.
—No importa, no importa. Andá vos a buscar la linterna si te da miedo quedarte a esperar a tu perro —creo que nunca antes había puesto tanto énfasis en una palabra como en ese tu.
Lila no respondió. Se dio vuelta y volvió por donde habíamos entrado. Cuando la perdí de vista, volví a llamar a López.
Cuando volvió, yo estaba unos diez metros más adentro en el predio, entre los vagones abandonados. La veía mover la linterna, me buscaba. Gritó mi nombre, el de López. Disfruté esos pocos minutos y me sentí un hijo de puta. La llamé y el haz de luz me dio en la cara. Me cubrí con la mano y le hice señas para que se acercara.
No sé cuánto tiempo habrá pasado hasta que lo encontramos.
Estaba ovillado debajo de una zorrita ladeada. Se parecía a cuando era cachorro y se colocaba en la misma posición bajo el calor del calefactor. No se movía.
—López, eh, López —le dije mientras le acariciaba el lomo que empezaba a perder tibieza—, eh, vamos a casa que hace frío.
Nada.
Escuchaba los sollozos apagados de Lila detrás. El haz de luz clavado en el perro. En su quietud. En su paz.
—Voy a buscar algo para hacer un pozo —le dije y me metí en uno de los galpones.
Cuando volvimos, llenos de pérdida, Villa Belgrano dormía. Lila se metió en el baño y escuché cómo abría la ducha. Me miré las manos, con restos de tierra húmeda y me senté en el mismo lugar en el que López me esperaba todos los días cuando llegaba del trabajo. Sobre mí cabeza, la correa rosa.
Lila salió del baño, con una remera mía puesta. El pelo mojado.
—Perdón —me dijo de nuevo— perd…
—Ya está. Le iba a pasar. Mejor así, que en la camilla del veterinario.
Me paré y la abracé. Temblaba bajo el sollozo. El cuerpo, tibio y húmedo. El pelo mojado.
La besé. Largo. Profundo.
Cuando nuestras bocas se separaron me dijo que estaba embarazada.
Gabriel Antonio Forte, Junín, 1977.
Licenciado en Comunicación Social (UNLP), trabajó en diversos medios de comunicación de la ciudad. Desde hace algunos años se considera «un periodista en retirada».
Hace recomendaciones de libros en su perfil de Instagram @gaboforte y escribe de vez en cuando. Participa de talleres literarios.
Publicó el cuento “Las huellas” en la antología Furia de Pampa (Rama Negra). Además fue finalista de dos maratones epistolares, y algunas de sus cartas se publicaron en las antologías del concurso.

