Texto seleccionado en la convocatoria «Cuentos de una siesta de verano».
por Vicente Luque
Hay olor a muerto, me viene diciendo. Que hay olor feo.
Como si estuviera adentro del auto, acota. Que se le mete por las fosas nasales y arde de lo hediondo que se siente, quema como cuando te entra agua de la pileta, y queda la nariz incómoda por unos minutos.
Pero yo no siento nada.
Ha de ser la basura de la calle, lo podrido de la bolsita atada a la palanca de cambios, tu propio aliento, y me río.
Hay olor a muerto, repite, sin desviar los ojos del empedrado.
Salimos tarde, como es usual. Son apenas las ocho menos diez, pero ya es tarde. Aunque fueran aún las siete de la mañana, la gente ya estaría llegando tarde.
Porque en verano, cuando el sol ya tiene una hora de labor cumplida para las siete de la mañana, nunca es suficiente cuánto aceleres.
Sigue habiendo olor a muerto, me dice, pero yo no lo sentí hasta pasadas las ocho.
A las ocho menos cinco empiezo a escuchar las frenadas, que arrancan desde lejos, como a dos cuadras de distancia, y avanzan como colándose entre los gritos y las bocinas hasta llegar al auto de atrás del nuestro.
Son apenas microsegundos los que tarda, y uno no termina de asimilarlo hasta horas o días después, cuando trata de acordarse la secuencia y encastrar imágenes y ruidos perdidos, fugaces, en la cabeza.
Lo escucho apenas un pestañeo antes de sentirlo, un instante, que no alcanza para pensar ni para actuar de ninguna forma, pero abarca el suficiente tiempo para darse cuenta que el ruido del parabrisas quebrándose y saltando en todas direcciones, y el cabeceo de la nuca contra el respaldo del asiento no pasan en el mismo momento, ni con la misma intensidad, y uno acordándose tiempo después hasta llega a pensar que no tienen que ver un hecho con el otro, porque está todo fragmentado, dividido. Veo la imagen del vidrio estallando, y el ruido a craquelado, y los pedacitos que caen sobre la frente como brillantina, por un lado. Y siento mi cuello doblarse, con esa fuerza que parece que fui degollado por las leyes de la física, y el dolor que sube hasta las sienes causando una migraña que sé que no va a ser para poco, por el otro lado. Y la gente que grita está distante, como si estuvieran en otro plano, como si una burbuja de plástico polarizado y rayado, opaco y amarillento por el sol me separara del exterior del auto, y nadie puede acercarse lo suficiente. Y gritan desde lejos, que no me mueva, que no me vaya a mover. Y gritan, que llamen, que tranquilo, que ya pasa, que no pasa nada, que pasa todo, y se escucha por un lado un llanto que no sé de dónde viene, y se escucha, como si hubieran pasado entre microsegundos u horas, una sirena a lo lejos. Y siento cómo me levantan y me reposan sobre una camilla fría, y a la vez siento cómo me está ardiendo el cinturón en el cuello, y cómo la gente afuera del auto me calma y que no me mueva, y que no pasa nada, y que me preguntan si sé qué día es y cómo me llamo, y mamá que repite que hay olor a muerto.
Mi nombre es Vicente Luque, nombre que elegí a los 20. Hoy tengo 21. Soy de Junín (provincia de Buenos). Escribo desde que aprendí a apretar un lápiz con los dedos sin que se me cayera, y leo, no desde siempre, pero cada vez con más ganas.
Estudio enfermería, y aunque quiero terminar la carrera no tengo muchos más sueños que el
de poder estudiar letras. Escribo para contar, para acordarme, para sacar de adentro, para no
morir.
Contacto: @trying.yourluck

