Texto seleccionado en la convocatoria «Cuentos de una siesta de verano».
por Paloma Richi
Afuera, el último día sin lluvias. Pronóstico de altas temperaturas. Bruno me recibe en el aeropuerto con la espalda apoyada sobre el auto, sus ojos me buscan, las manos en la cintura. Viajamos por la autopista, es de noche y avanzamos por kilómetros descampados.
El viento que se cuela por la ventanilla me devuelve algo que había perdido.
—Tu email –le susurré mirando su perfil nocturno en movimiento. –Qué susto. ¿Cómo estás?
—Igual que ayer y que antes de ayer –dijo sonriendo, y dibujó con el dedo un bucle en el aire.
Nos acercamos a su barrio, ahí donde las calles se estrechan. Su edificio, como yo lo conocía, no existe más. Ahora de los balcones caen ramas finas con peso muerto, la iluminación rellena en la justa medida cada vértice de cemento, el portón se volvió eléctrico. Adentro también es distinto, porque veo sillas desparramadas por el living, su biblioteca, anterior santuario, tiene huecos, partes vacías. Sobre la alfombra amarilla frente al televisor, Paco, su perro galgo, descansa inmutable.
Detrás de la cocina, en el cuartito del fondo, todavía guarda la colección de pinturas heredadas. Alrededor de ellas y para mantenerlas frescas plantó helechos, árboles de jade y cactus.
Los ruidos de la casa se tapan unos a otros, el baño trae un goteo persistente y Bruno abre la heladera inaugurando un chillido cada vez más agudo y allí, entre esas ondas, su voz algo baja balbucea que me acerque a comer.
Que-me-acerque-a-comer. Vení, changuita, todo listo.
Cuando chiquito sus tías susurraban todo listo, Bruno.
No tiene colador para fideos, sostiene la olla haciendo equilibrio con el plato, guarda cuidado en armar un surco que escurra el agua salada. Deja caer los fideos largos que forman montañas sobre el plato y se sienta en la cabecera de la mesa. Su remera es marrón de mangas cortas y tela liviana, sin embargo la enrolla y la transforma en musculosa. Espolvorea queso sobre sus fideos y los míos.
—Gracias por venir así, tan rápido –Dice y se limpia la boca con el repasador.
Juntó manos y miró hacia arriba. Una grieta atraviesa la sala de estar de zócalo a zócalo. Cuando acerca su cabeza para comer, puedo ver que detrás suyo la línea irregular forma una nariz y una boca grande.
La casa es silencio. Y entonces hablo y le cuento sobre la empresa, le acerco chismes, mis ojos se detienen en su barbilla para ver si de a ratos aparece un alivio.
Esta noche dormiré en su cama. Desde la mesa veo cómo cambia las sábanas por nuevas, cómo dobla con tres movimientos las ya usadas y las tira al lavarropas. La sombra debajo de sus ojos llega hasta los pómulos, tiene el andar más cansado que la última vez.
Abre la puerta para airear la casa y mira la noche apagarse.
*
El rayo de sol que entra por el dormitorio empuja para empezar el día. En el living él escribe y tacha papeles sueltos. Todavía tiene resto de algún llanto en sus ojos.
Me arden los pies del calor, ¿tengo artritis reumatoidea?, pregunto. Dice que si viviese acá, seguro que sí. Terminamos el desayuno y tiene que trabajar, en dos horas nos encontraremos en la Plaza Independencia. Hago tiempo. Espero bajo el sol, atravieso el parque de su barrio, él escribió crónicas sobre este pasto y estas personas que ahora se sientan a mi lado. No veo belleza, aunque trato.
Sentada en un hierro que clavado en la tierra forma una U hacia abajo, anoto.
Que los colectivos acá llevan otra paleta de colores, una que refleja más el sol, predomina el rosa en mezcla con el marrón tenue.
Que los habitantes no parecen tan pendientes de las plazas, ¿tiene que ver con la abundancia del verde?, ¿que a cualquier lado donde miran hay yuyos y entonces las plazas no son para tanto?
Una señora de unos cincuenta años, rubia, de piel tostadísima, corre a una velocidad olímpica y atraviesa el perímetro. Subrayo.
Intento ir sin mapa. Al rato llega Bruno en auto, viene del trabajo, una librería antigua en las afueras de Tucumán. Usa gorra, transpira y está entusiasmado. Hoy conoceré a sus tías, a su cama de cuando chico, su catre de cuando bebé, su acolchado: estampa escocesa, que descansa en esa habitación desde siempre.
Visitamos a Nené y Mali. Viven juntas hace treinta años, lo remarcan, lo dicen para que sepamos del hastío. Merendamos en el living, fresco y marrón, ellas frente a él, lo rodean con el calor de los ojos, quieren saberlo todo.
—¡Ey! ch, ch, Bruno. Me dice la chica que escribiste un cuento sobre nosotras. A ver, quiero ver. Y vos, nena, qué bueno que estés acá.
Bruno la interrumpe con un que no que no. Era un secreto, changa. No, tía, cuando se publique se los mandaré nomás. No sean ansiosas, che. Que sí que sí a esperar.
Afuera, en la galería, explotó algún tipo de vidrio. Pero nadie se distrae. Mali desde su silla de ruedas toca la pierna de Bruno con el bastón, sabe que ellos tienen un vínculo especial, que él tal vez podría enviarle el cuento antes que a nadie.
Detrás de la casa la huerta cultivada era extensa, los regadores giraron durante toda nuestra visita.
Quisiera amarlo con la paciencia de su familia, sé que lo ven como a una figura armada con temple, hecha de trazos finos, donde las segundas capas no tapan a las primeras, y el puntillismo lo ilumina por completo. La casa de Mali y Nené es un museo de Bruno, él ganando un tercer premio municipal de relatos cortos, él en su comunión, él con sus amigos, él con Laura.
Su papá es escultor y carpintero, su abuelo escritor. Su mamá es psiquiatra y quizás por eso, desde entonces, tomó la costumbre de llevar consigo clonazepam envuelto en servilletas.
Pero es por las dudas nomás, changui. Un reaseguro, pocas veces lo uso. Aunque, cuando viene, cuando se disuelve en mí, es lo más cercano a la quietud, tal vez sea lo más próximo a estar en los valles; tocando el río Churqui, ese que vas a conocer.
Su melancolía el último tiempo se había vuelto algo insoportable, pero una vez allí, en su barrio, rodeado por nosotras, o acaso porque sus pensamientos se relajaron por completo, la nostalgia por un pasado mejor se esfumó.
La Mali le propone a Bruno encargarse de Paco, y que él viaje con su amiga pal cerro. Mientras piensa caminamos el barrio y nos detenemos a comprar una gaseosa para su tía. El señor que atiende el local le dice niño.
—Gracias, niño.
El sol hace brillar su pelo. El tiempo que pasó sin vernos acrecentó los espacios en su cuero cabelludo. Cuando no usa boina puedo ver algunas zonas de piel, que resultan nuevas. El barrio de las tías es un barrio obrero, bien cerca de una fábrica de cerámicos. Las raíces de los árboles llevan grabados de vidrio incrustados en las cortezas, la luz que rebota en la calle les dibuja aureolas que Bruno señala de lejos.
Nos detenemos en la pintura ocre aceitosa, ventanas cuadradas con borde azul, en el porche una señora se sienta justo delante a la puerta que permanece cerrada. Vestido floreado, sujeta un vaso con la última parte de sus dedos, la muñeca relajada, el piso tan cerca del vaso.
Vos sos de los hombres que aman a las mujeres; le digo después, una vez que volvemos al camino.
—¿Y cómo es eso?
Pregunta con los ojos hacia adelante, y su mano que adivina dónde está mi cuello, para hacerme caminar recto, prolijo.
*
Ahora manejamos hacia Tafí del Valle, un poblado sobre montañas y yungas. La ruta zigzaguea por la selva, el verde alto nos hace sombra, nos mira desde arriba, somos dos puntos, que empujan, moviéndose. Con las manos sobre el volante habla de su novela.
—Necesito que pasen cosas, saber cómo sigue la historia y qué hacen los personajes, qué sienten. Darle algo de belleza al pasaje de la cama elástica, y sobre todo, ¿qué hay con ellos dos?, ¿van o no van al funeral del tío?
A veces, con este tiempo, con este calor húmedo que infla las extremidades de los cuerpos, me cuesta más hablar.
—Finalmente lo titulé: Una versión invisible de la fuerza que nos atrae —dijo—. Es raro el título. Voy a pensar en el funeral. Y de Tafí, ¿qué te gusta?
—Pienso en su verde pero más en su espesor. Es denso. No es horizontal. Además estando ahí, me tracciona la escritura, no escribo pero el andar por la zona me impulsa para los siguientes días. Hoy estará muy verdoso, te juro vas a ver. Y como es denso tiene una cuestión de lo pesado propio de estar encerrado entre montañas, no sé. ¿Hablo mucho?
Por mi parte resultaba de lo más importante lo que me contaba, pero ya hacía tiempo que había perdido el interés por escribir y por pensar en la lectura. Durante el otoño salí con un herrero que trabajaba desde su garaje, y comencé a decirme que ahí estaba la belleza, en prestarle atención a los oficios. A las cosas que se arman con las manos. Bruno ahora, mientras ojea por el retrovisor, diría que escribir es también un oficio con las manos, ¿qué, entonces te cansan los escritores? A través de la ventanilla del auto las ovejas se dejan ver caminando entre el pasto y las rocas. La atmósfera se volvió húmeda, las hojas empapadas de brillo, como la ruta lindaba una montaña interna, la arbolada alta ocultó casi por completo el sol.
Bruno frena el auto y seca la transpiración de su frente, vení, bajemos acá un ratito, dice. Llovizna y las ropas se pegan a la piel, caminamos, despacio, y frente a él se dibuja una cancha de tenis hundida en un terreno deprimido, rodeada de cipreses. Las gotas pintan formas sobre el ladrillo, las líneas blancas parecen de un color inventado. Él se ríe sin mí, baja corriendo de a dos escalones, pega saltos en picada, sus brazos marcan una medialuna invisible, el viento pone en peligro su gorra. Me espera bajo un techo, bien cerca del suelo cementado donde entramos solo encorvándonos. La llovizna ahora es tromba, el empañado de sus lentes le hace gesticular rápido, incómodo.
—¿Tu primo Gastón ama a las mujeres? —pregunta, despeja el pelo mojado de su cara.
Mientras retomamos la subida, un señor alto, estirado, de piel morena, aparece chascando los dedos.
—Chicos, ¿todo bien? Vengan al bufé que no para de llover así nomás –dice cubriéndose la cabeza–. ¡Ah, Bruno sos vos!
El toldero es un vecino que vive cerca del cerro, ese que acabamos de abandonar. Su casa se ubica a unas diez cuadras de la cancha de tenis. Por esa zona, se ven muy pocas viviendas, la yunga lo invade todo. Hay un colegio bastante chico y un supermercado que abre tres horas al día antes de la siesta. Allí viven empresarios del azúcar, ingenieros y terratenientes. El Toldero, según Bruno, debe ser la persona más pobre del barrio. Le dicen así porque arregla toldos desde muy chico, siguiendo el oficio de su padre que siguió también el oficio de su padre. Al principio viajaba al centro de la ciudad para trabajar. Después le empezaron a pagar bien arreglando los toldos y haciendo el mantenimiento de la cancha de tenis. Se quedó ahí. Hace unos meses a Bruno lo invitaron a jugar un partido y, entre tiempo y tiempo, el Toldero se acercó a charlarle: “¿Cómo anda tu tía, la Mali?”.
—La Mali ahí le anda, va bien, siempre se queja, pero también sonríe, es muy luminosa, ¿de dónde la conoce?
El Toldero pareció haber sido llamado desde adentro, succionado por una onda sonora del interior de la selva, no llegó a responderle. Eso lo hizo empacarse con el tema y preguntarle por teléfono a La Mali. Ella, sin vueltas ni pudor le dijo: “sí, tuvimos una relación corta antes de mi accidente, el tiempo que trabajé en la perfumería, no duró tanto pero sí recuerdo que criamos un perro juntos, cada vez que lo visitaba en su casa nos estirábamos hasta Tafí donde tiene una cabañita que era de su madre, ahí vivía Kalo, que ya debe estar viejo y con las patas cachuzas, como yo”.
La ruta avanza y mientras lo escucho, soy un accesorio para que se rearme, para que trace su historia familiar en voz alta. Al llegar a Tafí alquilamos un cuarto en el hotel Viento De Mi Sueño. Anochece y caminamos por la calle principal que hacia el fondo, termina y se abre en sendero de tierra que sube costeando el cerro. Media vuelta y trepando una roca extensa llegamos a Lo De Domingo. Nos sacudimos el polvo y entramos a la fiesta, que hoy está llena. Dos chicos corren de una punta de la pista a la otra, algunas parejas bailan en el centro y al fondo, antes de la cocina, un hombre junto a un pequeño amplificador toca la flauta y, de a ratos, canta. No hay sillas vacías, así que nos sentamos sobre almohadones. El vino que tomamos tiñe nuestros labios. Una mujer alta, de piel hermosa, espalda ancha y vestido negro, se acerca y estira su mano para bailar con él. Y él va. Y sabe hacerlo, desliza la suela sin dificultad, se mueve, seguro de sí. El hueso de sus tobillos es puntiagudo, resalta de lejos, si hubiese cientos en exhibición, podría reconocerlos. Volvemos al Viento Mi Sueño, las camas son dos y tienen una talla muy chica. Cada una arrimada sobre paredes opuestas, enfrentadas, estamos lejos pero veo su cara iluminada por la luz que emana la pantalla del teléfono.
Esa noche escribí:
LLoró solamente dos veces
A veces, tras pausas, mira al cielo y vuelve a mí
La cosa es así, es una frase que intercala entre oraciones
*
Durante la mañana caminamos hasta el arroyo que, desde un puente, se puede ver seco, con el agua justa. Acá la tierra sigue árida, el viento debería traer lluvia para estos pagos. Dos perros reposan, quietos, al lado de Bruno. Nos sentamos sobre piedras, él corta queso que saca de su morral, y lo fetea, grueso, para presentarlo en trozos de pan. Abro el vino que es dulce y trago de a sorbos largos.
Quisiera que algún gesto del paisaje empuje algo en mi cuerpo, tal vez, que desde el polvo salga alguna verdad, que una estaca escriba sobre el suelo pasos a seguir. El pueblo es silencioso, no hay turistas ni demasiados niños. Apuramos el paso, ahora costeamos el tramo de una ruta estrecha y alejada. Desde la sombra de un poste de luz, firme, apareció frente a él un brillo en la lengua, su boca se abría y cuando ella asomaba, la saliva se tornaba gotero, hacia abajo, salpicando la tierra seca. Bruno no dijo palabra alguna pero me acerqué con un ritmo tímido y sostenido hacia él. Besé su oreja, como si sus labios estuvieran ahí y no abajo y al centro, imaginé qué estarían haciendo entonces ellos, relegados. Su saliva ahora mojaba mi pecho y sus pantalones se clavaban en mí, y se hundían, como se hundían mis pies en su empeine. Estamos a diez cuadras del hotel, entre valles, las casas se ven allá a lo lejos, el sol duro que nos tapa no molesta. También sepulto mi fe, porque me alejo de a poco, dejo su oreja, empuño mi buzo con el pulgar y la seco. Le robo registro.
*
La radio del almacén contigua al hotel anuncia alerta amarilla. Miro mis diez dedos, las gotas se deslizan sobre ellos y están hinchados, él los palpa y dice que no tengo nada. Quiero volver a Buenos Aires, enterrar los deseos en la selva.
Poco a poco, me siento sobre el cordón de la vereda cerca de un señor que vende el diario La Gaceta. Una brisa levanta el suelo árido, el polvo agobia a un nene que patea, hacia arriba, un balde plástico para después atraparlo en el aire.
Todavía el sol. Desde atrás Bruno se acerca con una botella de agua fría.
—Estoy pensando en que todos los nombres de mujeres que conozco terminan con A –dice y abre un paquete de maíz frito–. Marta, Micaela, Susana, Noelia, Mariana, Flavia, Victoria, Ana, Florencia, Clara, Helena, Laura.
Entre nosotros dos adolescentes hacen rodar, despacio, una pelota de fútbol, llevan la remera roja y blanca de San Martín de Tucumán. Me arrima la botella y se aleja, camina por la calle caliente, esquiva las camionetas que llevan materiales de construcción, avanza hacia el oeste, allí donde nacen las coníferas, molles bajos, pasto.
—¡Esther! –alcanzo a gritarle. Y lo veo irse.
Avanza con prisa, sin mí.

