Texto seleccionado en la convocatoria «Cuentos de una siesta de verano».
por Regina Ghigliotto
El Negro dice que se le ocurrió a él, pero yo sé que lo importante lo planeé yo. Como siempre, yo tiro una punta, el Negro se embandera con mi idea, y después se la apropia. A veces lo dejo y otras veces me hace calentar. El Toto me mira no muy convencido, pero sé que termina viniendo, con cara de perro malo o perro asustado, nunca la puedo descifrar, porque es algo en el medio. La cosa es que es fiel y siempre hace su parte; y el Flaco lo sigue al Toto, no sé bien por qué, parece que lo admira. ¿Vos qué decís Toto? Son todas sus respuestas, y el otro no dice nada; así que son como un dos por uno. Y el Negro, al pie del cañón, convenciendo. Ese es el núcleo duro, diría mi tía, que lo dice por cómo nos va en la escuela, la vieja chota. Después se suman los otros, y juntamos más en el barrio, algún hermano, primo o vecino, y enseguida llegamos para armar un equipo de fútbol improvisado o lo que necesitemos para la ocurrencia del momento.
La cosa fue que un día yo la quería invitar a la Joaquina al circo, pero no tenía un peso, claro. Y hablando en el recreo, de las carpas, los payasos, y las motos que estaban re buenas; viene el boludo del Colo y va y le dice: “Yo soy amigo del que volantea y consigo entradas gratis”. Y ahí nomás la invita, y la Joaquina le dice que sí. Se me cayó el alma, quedé sin palabras. Encima a la otra semana, la mitad del curso no paraba de hablar de lo que habían visto en el circo, del aro de la muerte, los trapecistas, y no sé qué parte que asustaba, y el colorado de mierda que decía que la Joaquina le había agarrado fuerte la mano.
Ahí le dije al Negro:
–¡Esto me pasa por pobre a mí! Nací pobre y voy a morir pobre.
El Negro se me cagó de risa un rato largo, a carcajadas se rió el muy hijo de puta. Y después me dijo:
–¿Vamos a jugar con los autitos?
–¿Qué? Estamos medio grandes para los autitos…ni sé si mi mamá no los tiró -le contesté. Pero él seguía insistiendo.
–¡Ah, dale! No te hagas el agrandado, yo sé que tenés, Renegado.
Así me decía el Negro, aunque a mí me daba vergüenza y le decía que la corte con el sobrenombre ese. Bueno, en realidad el padre del Negro, por la serie “Renegado”, porque tengo el pelo largo y me gustan las motos; y a él se le pegó. Y estuvimos un rato, que sí, que no, hasta que acepté que algunos me habían quedado por ahí. Entonces me contó que se corrían carreras en la plaza Marcilla, que iba gente grande también, y que hasta a veces hacían campeonatos. Yo no salía de mi asombro, pero me dio curiosidad, así que fuimos y probamos unos tiritos.
Ahí vimos que no era algo improvisado, estaba bien armada la cosa. Y también comprobamos dos cosas: uno, que no nos divertía perder; y dos, que nuestros autos eran una garcha. Así que seguimos yendo, pero a mirar qué onda, hacer investigación, ver un poco el circuito. Y fue un domingo, que estábamos en la plaza del centro los del núcleo, que la veo a la Joaquina con el Colo en la heladería.
Me paré en el banco para darme aires de importancia, y les dije:
–Ya está, tengo un plan, salgamos de la miseria.
–¿Qué miseria? -me dijo el negro-. Miseria es no tener para comer.
–¡De la nuestra! De no poder tomar un helado, o comprar unas figuritas sin estar un mes lavando los platos, o vos ayudándole a tu viejo en el negocio; hablo de independencia, emancipación.
Con esa palabra los dejé fritos, porque no tenían idea qué significaba, pero sonaba cosa seria.
Después de contarles mi idea, el Negro estaba encantado porque decía que era lo que él había pensado. El Toto negaba con la cabeza, y el Flaco le preguntaba: “¿Vos qué decís, Toto?”. Le hice señas al Negro, que siguió arengando y repitiendo lo que yo decía. Y así estuvimos un rato, hasta que les dijimos que lo haríamos con o sin ellos, pero mejor con ellos. Y si no, no verían los frutos de las ganancias; o sea, nos cortábamos solos para el helado, el cine o lo que salga. Al final los convencimos.
Acordamos que cada uno tenía que conseguir dos pibes más por lo menos; si iban rotando mejor, pero que no sean bocones, porque si no, otro nos cagaba el negocio. Otra condición para unirse era traer autitos, pero tenían que ser en lo posible, nuevos o seminuevos; y cada uno se encargaba de ponerlos a punto para la carrera, ajustar tuercas, aceitar ruedas y pintar detalles. En la semana, después de la escuela, teníamos que entrenar el brazo y observar qué autitos eran más rápidos. También teníamos que tener libres los domingos, que era el día que iba a funcionar el negocio. No se podía faltar por cumpleaños, partido de futbol, ni nada. Esto era un trabajo, y como tal, sólo se podía faltar por enfermedad. Se iba a desarrollar en diferentes plazas, no pudiendo permanecer más de un mes y medio en la misma, para no avivar giles.
Algunos íbamos a ser miembros titulares y otros rotativos; y se iban a dividir las tareas en “los brazos fuertes”, que tenían que usar los mejores autos; los “vende humo”, que se la tenían que dar de que eran los mejores, pero después jugar a menos; uno o dos levantadores de apuestas, los que parezcan más serios. Y yo, el organizador, que además iba a relatar las carreras para ponerle más emoción. Así se armó “El club de la carrera”, y fue maravilloso. Y ahí seguiríamos, si no fuera porque lo que podía fallar, falló. Como en todo negocio, los socios te terminan cagando, como decía el papá del Negro.
La idea era poner una pequeña inversión inicial, y simular carreras de autos reales con apuestas; pero poner casi todos apostadores y jugadores nuestros, para que la gente se enganche. Al principio dejar que ganen algunas apuestas para despistar, y después que sólo jueguen los nuestros, eligiendo al auto ganador una vez que ya habían hecho las apuestas, claro está. El negocio era redondo, y enseguida empezamos a hacer plata.
Pero como siempre pasa, empezaron las quejas. Los miembros rotativos querían estar siempre, ganar más plata, dividir ganancias por igual… las querían todas con un mínimo esfuerzo. Me calenté y terminé echando a dos, para dar el ejemplo y que los otros aflojen. A un zurdo que tiraba el auto para cualquier lado y encima se creía Shumacher; y al primo de él, un petiso que no decía palabra, que no se ni para qué estaba. El zurdo se fue llorando, yo que pensé que nos íbamos a ir a las manos. Salió corriendo para que no lo veamos. Y el petiso me sorprendió, hablo por primera vez y dijo: “¡Ya van a ver! ¡Esta me la cobro!”. Todos nos reímos ¿Qué nos iba a hacer ese chichón de piso?
Después lo vimos un par de veces, pasando en bici, pispiando nuestras jugadas. Este nos quiere dar lástima para volver, dijo el Negro; pero yo no le veía cara de querer volver.
No había pasado mucho tiempo de esto, que llevamos el negocio a la plaza de Villa. Ahí había chicos más grandes, así que tuvimos que andar con más cuidado. Igual todo iba bien, hasta que el último domingo, apareció un grandote, al que ya le habíamos sacado unos buenos pesos dos semanas atrás, y apostó. Y claro, perdió. Ahí nomás le dobló el brazo al Toto que era el que había ganado, y dijo que quería revancha, pero que iba a tirar él y apostar por él mismo. Obvio le dijimos que iba contra las reglas, entonces dijo que sus amigos apostaban y él tiraba. Discutimos un poco, y como no queríamos problemas con el grandote, terminamos aceptando. Ese día no ganaríamos nada, pero conservaríamos nuestros dientes al menos. La cosa fue que al final, no sólo nos ganó, sino que nos empujó y nos sacó la plata que teníamos. Nos dijo que esto iba por el petiso, y me encajo tal piña, que quedé sentado de culo en el barro. Se armó una de piñas y patadas; mientras el gigante este gritaba que a él nadie lo cagaba; y que iba a regar por todos los barrios nuestra truchada. “No van a poder salir de sus casas”, tiró a lo último y se fue.
¡Qué enano hijo de puta! Tan boludo que parecía, no sólo nos cago el negocio; sino que cuando nos vieron cómo llegamos a nuestras casas, también quedamos castigados, algunos más de un mes; y cuando por fin nos dejaron salir ni nos animamos a volver a pisar las plazas.
La idea de que Joaquina me diera bola y de tener mi plata ya no tenía solución. Los días que siguieron fueron grises, amargos, y no podíamos parar de hablar del negocio que no pudo ser. Me había llegado el comentario de que con el Colo ya ni se hablaban, pero ni eso me consolaba.
Así estábamos un día en el recreo con el Negro, pensando cómo pudimos no ver la que se venía, sacando cuentas de lo que habíamos perdido, de qué había fallado, renegando de porqué nos la creímos tanto que nos descuidamos. Se me acerca la Joaquina y me dice: “¿Querés venir a hacer las tareas a casa?”.
De repente todo parecía perfecto, si no fuera porque ese mismo día, el Negro me aseguró que tenía un negocio sin fallas, y nos teníamos que encontrar a la salida en el kiosco de la esquina. El amor tendrá que esperar.
Regina Ghigliotto es licenciada en psicopedagogía y madre de dos hijos. Incursionó en la escritura de cuentos en los talleres de la editorial Rama Negra. Publicó su primer relato en la antología Cuatro bodas y un funeral. Actualmente combina su experiencia profesional con su pasión por la escritura para crear historias que nos transportan a nuestra infancia, conectando con niños y adultos a través de relatos que promueven la autoestima, la empatía y el desarrollo de habilidades emocionales.
Contacto IG @reginaghigliotto

