«La transparencia de las nubes»

Para el tío José y los abuelos Miguel y Celia

I

Uno observa, de vez en cuando, fotografías dentro de su galería digital e intenta recordar a fuerza de imágenes, el azar, su propio pasado, o el pasado de alguien más. 

El suave destello de la luz entra por la ventana y el cuarto color hueso brilla junto con las bombillas superpuestas en la pared. El cielo afuera es celestísimo, puro. Algunas nubes con forma similar, avanzan hacia el este, lentamente. «Confortably Numb», de Pink Floyd, suena por el parlante bluetooth. Lisa es la voz, el solo de guitarra. La canción. Todo parece detenerse luego de haber estado ausente de casa por varias semanas. El trabajo, las horas sin dormir, sin vernos. Las noches solitarias. Un jetlag extraño. Nuestra falta mutua nos convierte en estatuas de mármol, que nuestros ojos parecen estar observando. La gata contempla los pájaros cantar. Los dedos de los pies tocan el césped crecido. ¿Cuánto hace que la evocación de tu país se ha fragmentado, cambiado? Ya lo sabes: los edificios no son los mismos. Las casas, las calles, las avenidas. Las personas que conociste. Los lugares que visitaste son ahora imágenes fantasmagóricas de lo que alguna vez pensaste sobre la utopía. Luego el encierro. Desiertos amurallados. Ciudades espectro. Casi dos años por una pandemia. La memoria se dispersa. ¿Cómo fue que descubriste el amor?

El viento es fresco. Los colores se han vuelto más vivos e intensos. Lo que observas ahora es una imagen abstracta de los hechos. Intentas reconstruir la forma de la vivencia. El objeto amado, que es el recuerdo. Has cambiado. Han cambiado. ¿Cuántos años desde que no los ves? ¿Cuántos años desde que el avión partió por primera vez? Ha comenzado la aceleración salvaje del tiempo. Y aún así, es momento para la meditación. Para la ralentización de las horas, de los minutos con sus segundos. Es el instante de la espera. La yema de tus dedos roza la textura de la madera, queriendo apegarse a la historia secreta que se guarda en tu memoria. Pues en la fotografía, están sentados sobre un banco de madera rústicamente construido hace décadas atrás. El sol brilla fuertemente y la sombra de las hojas de los árboles de naranja los cobija. Varios troncos de cacao posan estáticos, imaginando la expresión de ambos. La figura de ambos. Tienen los pies descalzos y apoyados sobre la tierra barrida. Ella lleva un pantalón jean corto y una blusa holgada y de flores, con el cuello descubierto. Su rostro está ladeado hacía él que observa la cámara, con una sonrisa. Ella tiene posada su mano en la pierna de él y su sombrero le cubre la cabeza del sol. Él lleva una camiseta gris con el escudo del Manchester United en el lado izquierdo del pecho y un pantalón corto marrón. A los lados, algunas matas de grosella, algunos pollos, dos perros y un gato sentados. La nona sonríe y el nono, a decir verdad, observa más allá del lente de la cámara, intentando ver los ojos de quien captura la imagen, que es su hijo. La voz dulce de tu esposa llega tersa hasta el oído. «¡Qué calor!», dice ella, posando unas cervezas en la mesita del patio. Tajos de queso y mortadela al lado de las botellas. Es domingo. No hay más sonido, aparte de la música de los hermanos Gutiérrez. 

II

Es la sensación del vacío. Él parece buscarla. Fija su figura en el iris de sus ojos. La tienta a oscuras dentro de una habitación imaginando los días nublados en el alba, frente a las verdes montañas de Olmedo, su pueblo natal. Donde los caballos y las terneras pastaban, y algunos niños jugaban correteando por el prado. Tiene el sombrero puesto de lado, la camisa abotonada con el pecho abierto, con los pantalones marrones y los pies descalzos. Fuma un tabaco orgánico sembrado en su propia tierra, junto a las flores de amapola. «¿Cuánto tiempo sin ti a mi lado?», se pregunta. El sol que se abre a su paso. Su mano palpa el espacio, donde la sombra ha creado un pequeño halo de resplandor y el reloj marca las tres de la tarde, y ya nadie recorre el camino cubierto de polvo. Una nube grandísima oscurece el ambiente. Las hojas de los árboles silban con el viento. A lo lejos, el brazo en alto de una mujer le hace un saludo. El sueño prevalece a oscuras. La respiración se acorta. Un pequeño pájaro pardo se posa en su hombro y besa sus mejillas. El aliento cambia. Ya no es cálido y sobre la mesa ya no lo espera un plato de comida. Siente que la noche ha llegado. 

«¿Cómo ha sido el viaje de nuestra existencia?», se pregunta. La línea entre nuestro destino y el final. Una historia dicha a medfias. Los caminos que hemos recorrido con los pies descalzos entre la noche y el amanecer. Hemos contado algunos relatos, algunas aventuras. Como, por ejemplo: la primera vez que te escapaste de casa sostenida de mi mano y sonriendo, sin rumbo aparente, tan sol con el horizonte entre nuestros brazos. «Hace mucho tiempo ya, llevo pensando en tus labios. Tan jóvenes y puros. Pienso en tu boca, en tu suspirar. En las veces que nos decíamos Te amo. En el río que hubiese traído, más que piedras, cinco hijos y la promesa de nuestra propia y secreta inmortalidad», le dijo ella, sonriendo. «Todo es una película. ¿Lo recuerdas? La blancura de tu piel, tus ojos verdes que observan el único paisaje conocido. Lo hemos hecho todo. Hemos visto los días cálidos, las madrugadas heladas. Las lluvias torrenciales que lo inundaron todo. Los terremotos que hacían que la tierra se alzase hasta tres metros sobre nuestra cabeza. Los truenos. Los nietos. El fruto del cacao. El café de pasar. Lo hemos comido casi todo. Las tortillas de yuca. El pan. Los fideos. La carne de venado, la de la vaca, la del pollo. Hemos visto los animales, los insectos. Hemos visto las golondrinas bailar en nuestras cabezas. Hemos comido solo verde asado y nata, y también la tierna carne de nuestros propios cerdos. Hemos sentido los latigazos del tiempo que no amaina por nada del mundo, juicioso en su deber de hacernos más sabios y pacientes. Hemos visto el misterio despojarse de su mentira. Este es el momento: la esfinge nos ha estudiado. Ha sonreído y se ha lanzado al mar. Estoy aquí sonriendo. Sintiendo la arena que se deshace en el espacio infinito de mi memoria. Es tiempo», dijo él, o lo dijo ella con cierta ternura, antes de comenzar a caminar por el paisaje sin fin, del cielo. 

III

Los ojos marrones de tu esposa observan una flor silvestre y la gata huele su aroma. El teléfono celular se ha caído. Ha terminado el sueño. Rota la pantalla no hay nada que puedas hacer. Una sonrisa taciturna se esboza en tu rostro, sin más. Totalmente nerviosa. Algunos días han pasado. «¿Cuántos años siguieron?», pregunta Titi. Lágrimas sin voluntad. El silencio. El vacío. La fotografía en el teléfono celular que intenta no desaparecer. Los dientes de león parecen ya extintos, luego de que la primavera se abandonó a la llegada del verano. ¿Escuchas el sonido del viento, el movimiento de las hojas? El espacio es cálido y tu torso desnudo intenta bañarse con la luminiscencia del sol, con el calor del día. ¿Escuchas el aleteo de las libélulas, el pulular de las moscas? ¿Escuchas sus voces ahora? ¿Los escuchas diciendo aquellas frases amables y hermosas? ¿Cómo eran sus tonos, sus rostros, sus manos, sus abrazos? ¿Cómo eran las montañas frente a su casa? ¿Recuerdas los dedos que te sostenían al caminar entre el bosque indomable? ¿Recuerdas sus largos brazos tomándote en peso para que no se ahogaran tus sueños en el abismo de la noche? ¿Todavía imaginas sus historias frente a las velas blancas, en la penumbra, sin electricidad? ¿Sus besos todavía te cobijan en las pesadillas sin fin? ¿Aún conversas con ellos en tus sueños, dentro de las basílicas vacías y colosales, antes de despertar? ¿Todavía sus mantos blancos te recubren la existencia para no desfallecer? ¿Puedes escuchar los pasos de sus caballos acercándose? ¿Todavía los sientes apegándose a tu pecho?

«Yo sé que tú lo dudas, que yo te quiera tanto. Si quieres me abro el pecho y te entrego mi corazón», dice la voz por la bocina. Y un fuerte viento, lo abraza todo de repente. 


Pedro Mieles Cantos es de Guayaquil, Ecuador. Poeta y narrador radicado en Estados Unidos. Tiene 28 años. Un poema seleccionado en la II Antología de la FIL NYC, Estados Unidos, 2022. Un poema seleccionado en la antología Huellas y Silencio, Encinas Reales, España, 2022. Parte de los seleccionados de Poesía para NJ BARDS, New Jersey, Estados Unidos, 2022. Finalista en Emerging Writer Fellowships – Categoría Narrativa, propuesta por Miami Book Fair, Miami, Florida, 2022. Tercer lugar en el 10mo Concurso de cuento y poesía de ciencia ficción “José María Mendiola” – Categoría Poesía, México, 2023. Un poema de ciencia ficción seleccionada por la Biblioteca UCLM – España, 2024. Su primera novela, Artificios, fue publicada en la casa editorial After the storm, El Paso, Texas, Estados unidos en 2025. Contacto IG @mieles.pedro