«Día de semana»

Llueve. El olor a pavimento mojado entra por la ventana. Raspa la nariz. Me podría poner poéticamente nostálgica. Pero mi cabeza va para otro lado. Esta lluvia no es sensiblera. Le echo la culpa. El mate está lavado pero insisto en vaciar el termo. Son pocas las veces que puedo mirar por la ventana una lluvia en silencio. Ayer me saludó la vecina del cuarto piso por su ventana, mientras yo paseaba los perros. Me pregunté desde qué hora estaba ahí, mirando pasar gente, esperando que alguien subiera la vista para saludarla. Debe tener unos setenta y largos. Será que tengo que esperar a esa edad para tener espacio. 

Me presiono para aprovechar este único momento de calma y silencio que esperé desde hace meses. Hay sonidos de hogar que se tornan aturdidores. El de mis hijos zumbándome en la sien, hoy no está. Las preguntas estrambóticas de mi viejo, como adónde enviarle un mail a una compañía que ya se fue del país, no está. Los pedidos de mi compañero de vida para que encuentre cosas que tiene en su mano o alrededor, no están.

Los perros duermen. Los vecinos no se oyen. Y la lluvia viste a las flores con cristales de agua. Me pregunto en cuál dimensión de las siete estoy. Puedo sentir las palabras sin distracción. Puedo ver el fucsia de la Santa Rita iluminar en color a tres baldosas. Tanto silencio me da miedo. Voy a tener que encontrar ya una mosca que me distraiga. 

Llueve. Y algo tiene la lluvia primaveral que no me deja estar quieta, mirando por la ventana, así de sencillo.  Le echo la culpa. No me reconozco en mi lugar. El almacén de enfrente está. Pero el clima caótico del hogar, de mi hogar de hoy, no está.  Me transpira en frío la nuca y un chucho me hace mover los hombros. Con eso me doy cuenta que estoy viva. Pero me da más miedo. Si fumara estaría dándole las últimas pitadas babosas al décimo cigarro. 

Apareció una mosca y gracias a ella me toco la cara para espantarla. Mi mejilla no es mía. Algo está pasando. Ese mínimo movimiento de mi mano sobre la cara se sintió escamado. Empecé a temblar. El sólo hecho de morir sola me desespera. Por qué mierda cuando a uno le pasa algo, por mínimo que sea, piensa en la muerte. Es como si las cosas se tuviesen que detener para darte cuenta que no están tan mal como parece. 

Decido respirar profundo y volverme a tocar la cara sin antes verme en el reflejo de la ventana. Acerco mis dos manos a los cachetes. Temblando, rozo unas escamas. Me toco con ambas palmas de lleno. Esta no es mi cara. No soy yo. No es mi piel. Son escamas. Vuela el mate a la mierda. Me miro en el reflejo del vidrio. Mi cara es de pez, de esos peces que tienen labios carnosos. Me cuesta respirar. Me paro frenéticamente pero no puedo sostenerme. Mis pies ya no lo son. Siento que los pulmones se llenan de aire y no es suficiente. Se me corta la exhalación. 

Las manos siguen siéndolo. Agarro el termo que tengo al lado. Lo destapo y tiro el agua tibia sobre lo que estoy viendo que soy. Cambio de color a violáceo. Mis manos siguen manos. Cada respiro duele. El termo sigue termo y al lado. Justo al lado puedo ver el paquete de la yerba. No es la que uso siempre. Alguien la cambió. Llueve. Y le echo la culpa. 

“Napoleón” dice el paquete. Cómo mierda puede existir una yerba mate que se llame así. Respiro cortito. El pecho se abre y se cierra ya con menos ritmo. Cierro los ojos. Hay un pez napoleón que tiene los labios carnosos como yo. Nace hembra y sin ninguna razón puede cambiarle el sexo. Tomo mate y sin ninguna razón puedo cambiarme a pez.

Abro los ojos. Sigo siendo pez. Fuera del agua. Con la lluvia cayendo del otro lado de la ventana. Lo que quiero hoy no está. Lo que deseaba no me importa. La respiración se corta. Me repugna tener escamas. Si hubiese sabido que mi último mate provenía de ese paquete.

La vieja del cuarto piso bajó al almacén. La veo cruzar con su bolsa de red de las compras. Cruza despacio la muy guacha, como si a mí me sobrara el tiempo. Cierro los ojos. Me doy cuenta que nos queda casi el mismo tiempo de vida. Cuando los abro la tengo saludándome a través de mi ventana. Trato de gritarle y no puedo. Siento que me queda un respiro. Y mis ojos quedan completamente abiertos. Mi última imagen es de ella.   

Llueve. El suelo de mi habitación quedó con un charco de agua mezclado de yerba mate de napoleón con escamas de pez. El surrealismo no es lo mío. Mi respiración se cortó pero el lápiz sigue en mi mano. Esta no es una lluvia sensiblera. Puedo sentir las palabras sin distracción. Me echo la culpa. 

La vecina se fue. No hace falta que le diga vieja tan de esa manera. Pobre, es la única que saluda con tanto ímpetu en los cruces de pasillo. Bajó con lluvia y todo para comprar el pan. Y yo en medio de un apocalipsis de arrecife tomo mate y la culpo por no poder respirar. 

A la lluvia se le agrega un viento tormentoso. La primavera se equivoca de estación. Sigo con los ojos abiertos y los veo venir. De a uno pasan por mi ventana. Silencio. Respiro. Escucho la cerradura de mi casa. Entran por orden de descendencia. Me saludan como si mi entorno no existiese. Les echo la culpa.


Luciana Schwarzman es escritora, correctora, periodista. Da talleres literarios. Publicó los libros ¡Por su culpa! (Ediciones de la Terraza) con ilustraciones de @lenilismo; Así, un poemario con ilustraciones de @tanagridulce, de la misma editorial, que recibió el premio Destacados de Alija 2017 en categoría Poesía; La Moscardita (Colihue) libro de cuentos con una canción de homenaje a Tita Merello, ilustrado por @magdikelisek; Junta las manos (Dábale arroz) ilustrado por @z.allaltuni; Habitar, poemas para encontrarnos (Dínamo Ed.) es un poemario a dos voces junto a @paula.lertora ilustrado por Nicolás Lepka @cosassueltas. Gestiona el multiespacio cultural @multiespacio.marte80

Contacto con la autora IG /lucianaschwarzman