«Las manos»

Te juro que es la primera vez que me pasa, le dije. Qué cosa, me preguntó Petronio. Esto de quedarme sin pilas en el sacacorchos, fijate, probá vos. No, no hace falta, está bien así, te creo. ¡Qué vergüenza! Encima justo con Petronio… Está clarísimo, no tiene batería, le dije mientras lo sacudía en el aire. Una prueba irrefutable de mi planteo. Apoyé la botella de vino en la mesa. En silencio, Petronio esperaba que hiciera algo al respecto. ¿Qué hacemos al respecto?, le pregunté. Y… esos vinos no se van a descorchar solos, respondió. 

Eran cerca de las tres de la mañana del martes. Estaba claro que el resto de los invitados no iba a llegar. Te podrían haber avisado, dijo Petronio a eso de la una y cuarto. Capaz se les complicó, le respondí. O capaz que no querían venir y listo, dijo él. Sobre la mesa había entre dos y cuatro botellas vacías, una cerrada. También había siete platos, solo dos con restos de lo comido (espinas de pescado y huesos de ciervo). Y el sacacorchos sin pilas. Quedan tres vinos más, dijo Petronio revisando el stock. Cuatro con el que está en la mesa, lo corregí, y no, no se van a descorchar solos.

Me contaron que pasando el bosque de tabaquillos hay una casa de pilas veinticuatro horas, le dije mientras cerraba la cabaña con llave. Petronio asintió, sabía que existía, pero no se acordaba bien cómo llegar. Nunca fui, dijo. Yo tampoco, le dije, pero sé llegar. Mirá que está lejos y que a la vuelta capaz nos perdemos, agregué, por la nieve y los árboles. Dijo: “Qué me importa, tengo sed”.

Arrancamos a caminar y a eso de los veinte o cuarenta minutos me había arrepentido de salir de la cabaña. ¿Salir a comprar pilas para el sacacorchos a esa hora? ¿Y con toda esa nieve? ¡A quién se le ocurre! Me arrepentía, también, de haber invitado a tanta gente… De haberle cocinado a tanta gente… ¡Al menos hubieran avisado que no venían! No habíamos hablado en toda la caminata y ahí, en el bosque de tabaquillos, el frío era terrible. Encima, como me había puesto el pantalón sin bolsillos, tenía que andar con las manos afuera: la izquierda colgando y la otra sosteniendo el sacacorchos sin pilas. Yo caminaba en silencio. Petronio caminaba en silencio. El bosque hacía silencio. La nieve aplastaba todos los ruidos.

Noté que había algo en los silencios que los diferenciaba. El silencio de Petronio se escuchaba distinto al mío. Al mío yo no lo escuchaba. Al del bosque tampoco. Al de Petronio sí. Decía algo como: invitás a tanta gente a comer y a tomar, y te olvidás de chequear si el sacacorchos tiene pilas… qué burdo… así yo también hubiera faltado sin avisar… y cosas por el estilo. Se me hacía insoportable su silencio. 

Capaz que no le faltan pilas, me dijo en un momento, capaz que el problema son tus manos delicadas. ¡¡¡A qué te referís!!!, le grité, amenazando con pegarle en la cabeza con el sacacorchos. Tus manos de escritor, me respondió Petronio haciendo cara de disgusto. ¡Qué decís!, le grité. Que tenés manos de escritor, Diógenes, ¿o es que no te diste cuenta? Le dije que no, sin saber si era algo bueno o malo, y le pregunté cómo se había dado cuenta. Fijate que desde que salimos de la cabaña se te vienen cayendo las palabras de la mano, pensé que lo hacías a propósito, me dijo. “Me resultó una práctica un tanto extravagante”. Me di vuelta y encontré una oración larguísima sobre la nieve. No pude o no quise entender ni una palabra de lo que leí. Es porque no tengo bolsillos, ¿ves? Le dije a Petronio mostrándole mis pantalones, por eso las palabras se caen al piso. Está bien, está bien así, te creo, y de nuevo los silencios. 

¡Hola, Diógenes! ¡Qué bueno tenerte por acá! ¿Otra vez las pilas del sacacorchos? ¡Es la segunda vez esta semana! Me dijo AAAlexia, mientras me daba las pilas. Pasa que aún nos quedan tres vinos guardados y uno sobre la mesa, le dije mientras le daba seis billetes. Él es Petronio, un tipo muy original, lo presenté. Ah, un gusto, le dijo AAAlexia. Creo que el sacacorchos está para el cambio, comenté. O es eso o son tus manos delicadas de escritor, dijo Petronio. ¡Hasta la próxima! ¡Hasta la próxima! ¡Solo si Dios quiere!, nos despedimos los tres.

La vuelta fue mucho más rápida. Tomamos el camino de las palabras que habían dejado mis manos de escritor. Dije: “Es como seguir un caminito de migas, como en la peli, la de Juanzel y Gretchen, pero con palabras”. Caminamos en silencio entre los tabaquillos, íbamos leyendo. Cada tanto, Petronio gruñía. Eso me ponía incómodo, aunque la verdad era que yo estaba muy concentrado en mi lectura. El contraste de las palabras (de cada una de las palabras en particular) sobre la nieve me resultaba extrañamente familiar. En un momento, Petronio dijo “ja, qué pomposo”, o algo así. Ninguno levantó la vista hasta salir del bosque. 

Pensé que no habías ido nunca a la casa de pilas veinticuatro horas, me dijo Petronio cuando llegamos. No, es que a AAAlexia la conozco del Bar, le respondí. “Ah”, levantó los hombros sin sacar sus manos de los bolsillos del abrigo. Me preguntó qué iba a hacer. Vamos a tomar los vinos, dije, arrancando por el que quedó sin descorchar sobre la mesa. No, me refiero a lo que escribiste, me dijo, qué vas a hacer con lo que escribiste en el bosque de tabaquillos. Se notaba que estaba molesto y eso me puso incómodo. ¿Cómo iba a saber yo qué hacer con lo escrito en el bosque de tabaquillos? 

Tomarse un vino a estas horas te convierte irremediablemente en un borracho, dijo Petronio cuando arrancaba a caminar hacia el pueblo. Tenía que volver a su casa por su trabajo, sus hijos y sus proyectos. Mientras se iba, de espaldas a la cabaña y sin mirarme, dijo que la prosa de mis manos de escritor era interesante. “Tu prosa evoca un tapiz de imágenes interesantes, pero adjetivás como una señora mayor”, dijo, o algo así, y que por eso, que solo por eso, debía cuidar mis manos. 

Dentro de la cabaña estaba cálido, más de lo que esperaba. El sol entraba de lleno por la ventana que mira al lago. En ese momento, iluminaba toda la mesa. Ahí, la botella de vino seguía esperando. Un rayo le daba de lleno, brillaba, parecía que me guiñaba el ojo.

En una mano la botella, en la otra el sacacorchos. Mis manos… ¿Será que me pertenecen o son, en realidad, extensiones de mí mismo? Con ellas levanté la cabaña donde vivo, construí la mesa en la que como y la cama donde duermo… ¡Con esas manos pesqué, cacé y cociné un banquete para siete invitados ausentes! Pero ahora…

Todo lo que me rodeaba me miraba como si fuera un intruso. Era insoportable, así que decidí destruirlo. Rompí la mesa y las sillas de madera. Rompí el reloj, las herramientas y los motores. Rompí una placa que decía Diógenes y también algo que se parecía a la cara de Petronio. Rompí las ventanas, los muros, mi cama… Y mis manos se sentían tan mías o tan yo como siempre.

No sé si fueron horas o minutos. Todo era escombros: era suficiente. Estaba cansado, tenía los dedos astillados y algo de sangre en mi remera. Además, no quedaba casi nada en pie. Solo una botella de vino y el sacacorchos con pilas nuevas. Desde el bosque de tabaquillos me llegaba un viento helado, pero se sentía bien. ¡Plop!


*Julián Pacheco nació en Córdoba en 1997. Es redactor creativo en comunicación política, hijo único y detesta el frío. Se interesa por la literatura de lo extraño, la que encuentra en el absurdo de una lógica ordenadora y hace pie en zonas donde el realismo se vuelve difuso. Escribe para poner a prueba la realidad, estirándola para ver hasta dónde llega sin romperse. Contacto IG @julipacheco97