«Las tres de la tarde»

Qué hora de mierda las tres de la tarde. Nada bueno pasa en ese momento. Nada contable. No es que todo lo que le suceda a una tiene que ser digno de contar pero las tres de la tarde de cualquier día, a excepción de los sábados que tienen otro mecanismo, son un constante ¿Para qué?

Esa franja horaria llegó a darme miedo. No miedo como en esos minutos previos a la devolución de un examen, o el mensaje tenemos que hablar. Era un miedo parecido a la muerte. Así, sin exagerar. Siempre sostuve una premisa, porque esto de sostener premisas nos hace ver más fascinantes ante el resto. La mía es que a las tres de la tarde no se vive.

A la imprenta entraba a trabajar a las dos. Llegaba justo. La petisa desde el mostrador agitaba el reloj de mano cada vez que me veía. No decía nada, solo lo agitaba y yo pensaba que la próxima vez tendría que hacer las cosas bien. Siempre usaba las mismas frases, a lo último para adentro y con voz bajita: perdí el colectivo de dos menos diez, nos largaron más tarde de la clase. La petisa bajaba las comisuras de los labios y arqueaba las cejas.

Tenía una semana de vacaciones en la imprenta, la primera de enero. La petisa se iba a la casa de una amiga en Mar de Ajó y cerraba el local porque creía que sólo ella entendía cómo hacerlo funcionar bien. Cuando ambas volvíamos intercambiábamos algunos comentarios sobre la temperatura y la falta de pedidos. En esos tiempos ella llevaba un ventilador de su casa que apuntaba hacia afuera. Para los clientes, decía.

Casi nunca comía antes de entrar a trabajar. Y si lo había hecho era en lo del chino de plaza Rocha. Un lugar que la Municipalidad clausuraba cada dos meses, más o menos, en el que al estilo tenedor libre se podían combinar platos fríos y calientes. Para la una y media no quedaba casi nada y el resultado de la búsqueda era una mezcla de fideos de arroz, verduras salteadas y una bola de papa dura porque el microondas era muy solicitado y poner más de treinta segundos cada comida era un acto de mala ciudadanía.

Si había comido, entonces, llegaba al trabajo con la espalda y los hombros apuntando directamente al piso como si cargara un bidón de agua en cada mano. La petisa, en cambio, estaba desde temprano. Era suyo el local, se encargaba de la atención al público. Usaba saquitos de hilo y los lentes colgando. Nunca pude descifrar su edad, jamás pensé en preguntársela. Creo que podría ser como mi mamá. Tendría unos cincuenta, yo veintidós. Era de esas personas que se quedaba hablando con los clientes. Pero hablaba ella sola. 

La petisa comenzaba sus oraciones diciendo: yo le avisé; a mí nadie me regaló nada y viste lo que dicen. Cualquiera podía ser parte del predicado. La zona de plaza Rocha, en La Plata, es dentro de todo céntrica pero eso no le impedía, a la petisa, rememorar datos de cada uno que pasaba por la vidriera de la imprenta. A las siete y media empezaba a bajar la persiana de afuera. No le gustaba el barrio. Si le preguntaban respondía que ella prefería otros pero que había surgido esa posibilidad y bueno, seguro era por algo, explicaba al mismo tiempo que estiraba las manos.

El local lo había comprado varios años atrás después de vender un departamento. Eso no me lo contó a mí, ella no me contaba nada. Un poco le agradecía las palabras sueltas que me tiraba. Yo lo sé porque ese es el barrio de la Facultad de Artes y así como ella sabe con qué se drogan los chicos en la plazoleta de la vuelta, los chicos saben que la imprenta tampoco era su sueño.

Si llegaba sin haber comido la sensación era distinta. Al hambre lo sentía en los ojos, en los hombros y me achicharraba en la silla de plástico para que no se expandiera al estómago. No salía a comprar comida, no porque la petisa me lo impidiera, tenía sus cosas pero no era una villana de Disney. Sino porque la ecuación era simple: si terminaba temprano me iba temprano.

Mi rol era imprimir y ajustar el tamaño de los pedidos que llegaban por mail o en pendrives. La computadora en la que trabajaba estaba ubicada detrás del mostrador de la petisa, nos separaba una máquina plastificadora que entraba en una mesa de bar. Yo la veía siempre, ella a mí no. Casi no se movía, solo lo hacía para recargar el mate de plástico, ese que es para una persona y viene con la bombilla pegada. 

Si le mostraba una edición soltaba un mmm y sugería modificaciones, no me decía que estaba mal. En cambio, cuando le gustaba, acercaba la cabeza a la pantalla y asentía, entonces yo sabía que debía mandarlo a imprimir. Pagar me pagaba bien. Tomá, del uno al diez como corresponde, a ver qué otro jefe hace eso. Mientras hablaba le daba unos golpes a la mesa con el sobre.

En la imprenta jamás se formaban sombras, ni siquiera a las tres de la tarde. Estaba oculta detrás de un árbol bajo y sus hojas tapaban las letras sublimadas en la vidriera: “COLORENTA”. La luz estaba prendida todo el día. No había olor a imprenta. El lugar emanaba olor a plástico quemado. Matías, el chico que trabajaba en mi lugar por la mañana, dejaba abierta la puerta. Nunca le explicaba sus motivos a la petisa. Salía a fumar y cuando entraba dejaba entornado. Ella a veces le decía ey, cerrá.

La petisa no le discutía mucho a Matías. Era lindo. Le contaba de sus papás y cuánto los extrañaba, de una casa de ropa que hacía descuentos al por mayor y de su perrita que crecía tanto que ya tenía que cuidar los muebles. A la petisa le gustaban esas cosas. Todos decían eso, era lindo Matías.

Un día la petisa se enojó porque los proveedores estaban demorados y no llegaba el tóner que había comprado veinte días atrás. Cuando entré escuché que le decía a Matías algo sobre los negros de porquería que lo  único que tenían que hacer era llevarle el toner amarillo porque ella sabía que nada más distribuían en la región. Matías y yo no teníamos complicidad, no nos mirábamos cuando la petisa hacía algún comentario de esos. Yo pregunté:

—¿Qué pasó?

—Que tengo cinco pedidos para el viernes y estos negros se piensan que nadie labura acá. ¿Qué culpa tengo yo que ellos no sepan lo que es ser responsable?

Ojalá hubiera encontrado la mirada de Matías. Propuse que adelantáramos el trabajo que no necesitara ese color. La petisa hizo un gesto de foto carnet y después me respondió okey. Fui a la computadora de impresiones y ajustes. Ella puso la radio. Para relajarme, dijo. Matías se despidió y le deseó que ojalá todo se solucionara.

Mi propuesta no sirvió de mucho, a las tres de la tarde no había más impresiones para hacer. La petisa me pidió que corroborase las señas de los clientes mientras ella les avisaba que se demorarían sus pedidos. En la radio sonaba Mariposa traicionera, yo había comido ese día. Me desparramé en la silla porque sentía los brazos como si hubiera cargado dos bidones de agua y en un Excel escribí: sí, enter; no, enter; sí, enter; sí enter. 

Le pregunté a la petisa si podía salir a fumar. Antes de hablarle me sentí como si estuviera llegando a una cita a ciegas. Dijo que sí, que de paso fuera al quiosco de enfrente a comprarle ibuprofeno. La calle, que estaba distante del árbol bajo, parecía ser un muro entre la imprenta y el sol. Hubo un segundo, mientras cruzaba, en que quizá por la comida o por estar acostumbrada al foco led del lugar, sentí al sol venirse encima de mí. Qué hora de mierda las tres de la tarde.

Me fijé el teléfono. Mis amigas habían mandado una foto juntas al grupo de la facultad. Empecé a escribir, quería estar allá pero lo borré. A las tres de la tarde no quería estar en ninguna parte.

El día que la petisa me echó yo no había comido. Sentía los ojos apretados. Había llegado a la imprenta hacía una hora y estaba abriendo correos de los clientes que pedían modificaciones en sus pedidos. Ella me llamó desde el cuartito de atrás donde guardaba la plata recaudada, una máquina y los toners que había que reponer. ¿Podés venir?, me preguntó. No llegó a ser un grito, fue como si me hubiera pedido que diera un oral ¿Preparó el tema?

Una de las sublimadoras estaba quemada. Antes no largaba olor pero la semana anterior ella me había dejado encargada del lugar y ahora esto. No le puse peros. Miré el enchufe de la máquina derretido y me imaginé que si esas cosas venían de Estados Unidos su valor me atormentaría más que un par de gritos. Temblé. No le dije que ese olor era de antes. No sabía si ese olor era de antes.

—Mirá que te perdoné las llegadas tarde, la mala onda y las entregas.

—¿Las entregas? —quise saber.

Inhaló y cerró los ojos, como si estuviera por meditar. No respondió la pregunta, me arrepentí de haberla hecho. Me dijo ya está, no funciona esto acá. Un poco me sorprendió. Apreté las muelas, siempre pensé que eso era un cliché pero fue mecánico. No le dije nada más. Estaba segura que yo no había quemado la máquina. Recordé mi voz bajita y el relato del colectivo o la clase después de las dos de la tarde. Le pedí perdón. Ella salió del cuartito agarrándose la frente con los dedos, exhaló. Estaba alejada pero los resoplidos igual se escuchaban. Buscó un sobre del mostrador, metió algunos billetes y repitió que ya estaba, que eso no funcionaba.

En lugar de tener a la petisa en frente, sentí a un desconocido de una cita a ciegas. Fui hasta mi mochila, mi cara se volvió la de la foto carnet. Ella volvió al cuartito y sin voltearse me deseó suerte. Yo agarré la plata y salí. Miré el teléfono: tres y veinte. Pensé en escribirle a mis amigas, tenía ganas de tomar cerveza en algún barcito de happy hour y que se calentara mientras yo decía una y otra vez ¿Pero saben que es lo que más me jode? 

A esa hora no había cervecerías abiertas y después de alejarme un poco del local la idea me generó asco. El sol se me venía encima. Tampoco quería ir a una plaza, era sinónimo de estar sin nada que hacer, de ser desempleada. Además sentía los ojos apretados.

Pasaron tres meses desde ese día. En el transcurso del tiempo mandé curriculums por internet. Cuando terminaba el día sentía que había hecho lo suficiente, después me costaba dormir. Mis amigas me mostraban clasificados pero yo les decía que ese lugar no me daba confianza, que el horario era complicado para las cursadas y que estaba esperando a que el primo de un amigo me chiflara si necesitaban gente en su pyme. Cada vez con voz más bajita respondía.

Ahora estoy desparramada en el puff de la casa de una de las chicas, compré comida en la facultad y siento que la espalda me apunta al piso. Ella fuma adentro, a mi me da un poco de asco. Me alegra que me de asco. Busco en el teléfono páginas de revistas autogestivas.

Me acuerdo de las escenas de Trainspotting. Una vez me prometí estar muy lejos de esa gente que narra la película. Qué asco, pienso, se me vienen a la cabeza algunas imágenes en las que nada contable pasa. Corren los minutos, está bueno porque ya pasaron veinte desde que fumé el último cigarrillo. Me armo otro y voy al balcón. Miro la hora en el celular, debería estar en la imprenta.


*Paloma Barberena Rivas tiene 28 años, es platense y escribe sobre su ciudad o escenas que transcurran allí. Estudió Comunicación Social en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP y se recibió en la pandemia. Escribe menos de lo que le gustaría, pero cuando lo hace es muy feliz, más feliz que en casi cualquier otra situación.
Contacto en IG @palobarberenarivas