«El secreto»

Me acuerdo demasiado. Y demasiado queda horrorosamente lejos del olvido. ¿Alguien sabe cómo se borran los recuerdos hechos de escarcha? Esos que te queman como hielo seco la piel de la memoria y te vuelven a congelar el corazón una vez más. ¡Cómo no me voy a acordar!

 Un día apareció en el patio. Era marzo, recién empezaban las clases y supuse que papá me lo había traído para que vaya más contento a la escuela, yo era medio vago y no quería ir. Supuse bien. 

Me dijo si vos vas a la escuela todos los días él va a estar esperándote acá todas las tardes. ¡Cómo no me voy a acordar! Fue más o menos así.

Mi papá volvía del club con una cajita de cartón en las manos y una sonrisa rara en la boca. Su amigo Cacho se lo había regalado, él tenía muchos en el campo. Fue directo al fondo y lo liberó en el medio del césped.

Chiquito, blanquísimo, con las orejas y las uñas largas, los ojitos rojos, me entraba en el cuenco de mis manos. Un peluche parecía, pero de verdad. Inmediatamente lo llamé Pompón. Se la pasaba jugando con El Mugre, un caniche negro medio fiero que también había caído de regalo en casa. Feo y todo, igual parecía otro peluche de verdad. Jugábamos los tres, nos turnábamos para corrernos y así pasábamos las tardes. 

Mi abuela se ocupaba de traerle de la cocina todas las verduras que se ponían feas, y tenía un pote especial de agua para él solo, que El Mugre no podía tomar.

Ya estaríamos por junio y yo iba contento a la escuela sabiendo que tenía toda la tarde para jugar en el patio con mis peluches de verdad. A Pompón le habían crecido los dientitos de adelante como paletas y los tenía como yo, grandes y medio para afuera. Pero yo los tenía blancos y él los tenía verdes, creo que porque no se lavaba los dientes. 

Un día mi abuela me dijo: “Nene, andá al almacén de la esquina y traeme esto”. En un papel anotado decía: ajo, romero, tomillo y laurel y una botella de vino blanco. Me quejé un poco, siempre me mandaban a hacer los mandados. Pero fui. ¿Y si no hubiera ido?

Al otro día volví de la escuela y andaba El Mugre solo y aburrido nomás. Pregunté por Pompón y nadie me contestaba, como si no me escucharan. Hablaban en voz baja entre ellos, como en secreto y me salieron con otra cosa. Me dijeron -mañana vienen los tíos a cenar, así que más te vale que te bañes y te portes bien y no hagas ningún berrinche. Era raro que vinieran a cenar, no era el cumpleaños de nadie, ni era navidad ni ninguna de esas ridículas farsas de reunión familiar, no soportaba ni a mis tíos ni a mis primitos tontos y preferidos de la abuela. Me enojé, pero nadie se enteró y me olvidé hasta el otro día de Pompón. 

Me acuerdo muy bien que ese día había una olla gigante, que nunca había visto, arriba de la cocina. Y se sentía un olor raro, muy fuerte, reconocí el olor a ajo y el del vino, esos olores de todos los días.

El sábado me desperté temprano y me acordé de Pompón y me olvidé de mis tíos, no lo vi en el patio, debe estar escondido por ahí, raro pensé. Mi papá ese día me llevó al cine, rarísimo también, pensé.

En fin, llegó la tardecita, volvimos, había un olor riquísimo en la cocina, olor a comida que inundaba toda la casa, a la nochecita ya llegaron mis tíos y estúpidos primitos con su pelo rubio y sus juguetes caros. Pensé que por más juguetes que tuvieran, no tenían mi Pompón, un peluche de verdad. No quise compartir mi último juguete con ellos, así que no fuimos al patio.

Nos sentamos todos a la mesa que tenía un mantel de broderie con flores de colores bordadas, unas copas para agua y otras para vino y cubiertos de fiesta. También había unos adornos con flores y otros con velas, todo demasiado lindo para una ocasión cualquiera. Eso era una fiesta y yo no me había enterado.

La cena estaba exquisita, era una carne con papas y también había un postre de chocolate. Todos agarraban los huesitos con las manos para terminar de pelarlos. Todos parecían estar en el paraíso de felices y no pararon de comer hasta que se terminó toda la fuente de porcelana china que era heredada de mi bisabuela. Yo tampoco paré de comer y limpié el plato con miga de pan, que me encantaba.

Me fui a la cama muerto de sueño y con la panza llena como un cocodrilo que se había comido un venado. Soñé que encontraba a Pompón refugiado en el césped crecido del fondo.

Al día siguiente me pidieron que ayude a limpiar y que lleve el mantel al lavadero del patio. El Mugre me miró desde la sombra de la palmera, solo y aburrido. Me puse a buscar a Pompón por cada rincón del patio, abajo de la higuera, en la cucha improvisada de El Mugre, en la tapera del fondo que llamaban galponcito, entre el césped crecido de mis sueños… nada, atrás de cada maceta, que eran muchas… nada. Me fui directo entonces a llevar el mantel que seguía en mis manos, ya muy transpiradas.

En el lavadero, colgaba de una soga la piel chiquita, blanquísima, suave y brillante que había acariciado infinita y solitariamente, de mi conejito Pompón.



*Carolina Mariana Santoro nació en Junín en 1970. Estudió Licenciatura en Psicología en la UNLP. Ejerce la profesión desde 1995. Desde su juventud lee y escribe narrativa. Ha hecho algunos talleres de escritura creativa desde el año 2022. Comparte su vida con su pareja desde hace 40 años, con quien tiene tres hijas jóvenes. Contacto con la autora: Instagram @caroosant15