«Las múltiples resucitaciones de Helena»

Helena empezó a morirse a los ochenta y cuatro años (hasta ese entonces nunca lo había hecho) cuando un paro cardíaco la encontró cruzando la calle. Esa primera vez la signaría. En principio, por el trauma de morir y, en segunda instancia, porque a las tres horas estaba yendo a visitar a Juan, su novio también octogenario, a quien le hacía compañía todas las tardes.

Mucho tiempo vaciló si debía comentarle a alguien lo sucedido, pero como no tenía familia cercana y Juan se impresionaba fácilmente, decidió no hacerlo. Sin embargo, fue imposible ocultárselo a sus vecinos, quienes, por lo menos una vez por semana, tenían que recogerla en la calle y cuidarla hasta que resucitara varias horas o días después. Era algo así como un evento cotidiano en el barrio.

—¡Ma! Resucitó Helena.

—Bueno, hija, ¿qué querés que haga? —respondía Malena, representando la actitud general de los vecinos ante la señora que se había transformado en una profesional en el arte de morirse.

Sin embargo, no todas las muertes de Helena eran públicas. Muchas ocurrían en la soledad del hogar, sin que alguien se enterara. Algunas mañanas, al despertar, Helena dudaba si acaso no se habría muerto un rato, mientras dormía, sobre todo cuando estaba muy cansada. Porque resucitar era agotador. Y muy extraño, aunque ella no le daba demasiada importancia. Lo único que rogaba era no morirse frente a Juan. ¡Flor de vergüenza! Ir a visitar al novio, toda arreglada y caerse allí, de la nada. Ni siquiera quería que se enterase de esa loca costumbre que tenía de andar resucitando. 

Así vivió (para llamarlo de alguna manera) por casi cuatro años. Sus allegados afirman que el número de resucitaciones ascendió, en un momento, a las ochocientas; mientras que otros entienden que, si se tienen en cuenta aquellas muertes solitarias, en verdad serían el doble de esa cantidad. De cualquier manera, resultaron muchas y con una habría bastado para que el asunto resultase serio.

No obstante, Helena había incorporado con tanta naturalidad el asunto que hasta le parecía cómica la situación. Pronto se le hizo cotidiana la idea de ir al baño y despertar dos días después. Empezó a notar los esfuerzos de un ser humano cualquiera para no morirse; recaudos que ella descartaba por completo. 

A veces se cansaba de esa rutina inusual y lanzaba sentencias al aire: 

—La próxima vez que muera, será para siempre.

Los vecinos, que conocían su secreto no tan oculto, le restaban importancia a sus endebles predicciones y se limitaban a contestarle:

—No diga pavadas, si usted no sabe morirse.

Hasta que un día su caso trascendió de ese pequeño mundo en el que vivía. O moría. Primero, se acercaron algunas personas alertadas por la extraña condición de la mujer y que, con todo el cariño posible, deseaban que muriera frente a ellos para verla resucitar. Luego, comenzaron a interesarse en ella los medios de comunicación y, si bien ninguno logró una entrevista exclusiva, no faltaron vecinos con ganas de tener sus cinco minutos de fama o de ganarse algunos billetes para llegar a fin de mes con más holgura. La resucitación se había convertido, como todo, en negocio: se fabricaron estampas con la cara de Helena, artículos de recuerdo, se vendieron fotos, contadores para el número de muertes. El barrio salió de su letargo y hombres y mujeres se amoldaron a esta nueva realidad en un pestañeo. 

El problema más serio comenzó cuando llegaron la ciencia y la religión. 

Por supuesto que todos los científicos del planeta se interesaron en la mujer, la anciana, que se presentaba como una excepción frente a la ley universal de la vida. No tardaron en querer hacer con ella cada uno de los estudios y análisis existentes y conocidos en sus disciplinas, incluso los que hasta ese momento todavía resultaban controversiales o perjudiciales para la salud. De hecho, no temían por la muerte de su conejillo de Indias y eso facilitaba la tarea.

Los representantes de las religiones, incluyendo algunas de dudosa constitución, pusieron el grito en su propio cielo al enterarse del caso de esa señora infame, encantadora de serpientes y revolucionaria encubierta que se burlaba de los Dioses, las instituciones y de la fe de los creyentes.

Helena les dio lugar a cada uno de ellos, los hizo pasar a su cuartito lleno de platos colgados en la pared, les contó de Juan y de sus pasatiempos, pero también fue contundente frente a cualquier propuesta que desbaratara su rutina:

—No me interesa.

Como era de esperarse, quienes habían llegado hasta ella con respeto y consideración en primera instancia, volvieron a insistir con menos paciencia y, luego de varios rechazos, directamente acudieron a la fuerza. Mientras tanto, los vecinos intentaban turnarse para cuidarla —un poco por cariño y un poco para resguardar su negocio—, pero las torpezas y los sobornos embarraron la tarea y pusieron a la resucitada en un constante peligro. 

En medio de ese caos, las muertes sucedían como siestas inoportunas que dejaban a Helena en un gran estado de vulnerabilidad.

Una noche llegaron varias camionetas negras con vidrios polarizados en plena madrugada. En el cielo volaban dos helicópteros que pertenecían al gobierno. Había armas y determinación. La resistencia fue casi nula. Nunca se supo si se la llevaron viva o muerta.

Durante varios días el misterio sobre el cuerpo de Helena invadió al país prácticamente de forma unánime. Como no había mucha información, las especulaciones ocupaban las pantallas y las redes sociales. Los organismos internacionales amenazaban con intervenir, pero no existían comisiones específicas para tratar estos temas. Los países del mundo se hacían eco, oscilando entre sus propios intereses y entre el descrédito ante la excentricidad sudaca. 

Así pasó una semana de incertidumbre hasta que una vocera oficial de la Presidencia anunció que el viernes a las nueve de la noche se procedería al escarmiento público de la ciudadana causante de la ruptura del orden y las buenas costumbres. 

Fueron días difíciles. A lo largo y a lo ancho del mundo se produjeron movimientos masivos de personas a favor y en contra de la medida, se apedrearon oficinas del gobierno, en algunas provincias hubo levantamientos de armas y las mesas familiares devinieron en terreno de batalla una vez más. Casi no existían neutralidades, tal vez porque la aparición de un ser humano que pusiera en jaque la mortalidad afectaba a todos de alguna manera, incluso a los prolijos que casi siempre preferían mantenerse al margen de los temas de opinión.

Lo que ocurrió, sin dudas, no estaba dentro de los parámetros esperados. 

El viernes a la hora anunciada, en la pantalla de la televisión pública, se interrumpió la transmisión de una película vieja que estaban pasando y se puso un cartel con una cuenta regresiva. No fue cadena nacional, pero todos los televidentes rápidamente hicieron explotar los números del rating. En las calles ya no quedaba un alma en pie. Parecía que una pandemia había asolado a la ciudad.

Cuando la cuenta regresiva terminó, tras unos segundos de incertidumbre, la cámara proyectó la imagen de un lugar al aire libre, algo así como una especie de bosque. La oscuridad no permitía entender fácilmente qué pasaba, pero pronto se vio con claridad cómo una pequeña llama era encendida por una mano que ocultaba a un cuerpo detrás de cámara y cómo esa llama avanzaba hacia el cuerpo de Helena atado en una hoguera hecha con profesionalismo. La población de todo un país —y, a posteriori, de todo el mundo— observó arder a la mujer que había estado en el centro de cada debate durante la última semana. Se escucharon gritos, festejos, tiros y cacerolazos. La gente salió a la calle otra vez y se reportaron varias muertes por enfrentamientos.

La firme convicción de que un cuerpo convertido en cenizas no sería capaz de resucitar llenó a muchos de alivio y a otros, de un profundo pesar.

El gobierno temió ante la posibilidad de un golpe de estado.

No eran conscientes de que habían sembrado el germen de una religión.



*Nicolás Perak es profesor de Lengua y Literatura, Lic. en Enseñanza de la Lengua y la Literatura (UNSAM) y estudiante de la Tecnicatura en Edición (UNTREF). Actualmente trabaja en escuelas secundarias y coordina talleres de lectura y escritura. Publicó El libro de los monstruos (2022), una antología de cuentos, y participó de diversas publicaciones en conjunto con otros escritores.