Por María Silvia Biancardi
“Me llamo Sol” son las primeras palabras del libro. Simples, como el propio nombre, lo primero que aprendemos a escribir. Y, sin embargo, como primeras palabras del libro, “Me llamo Sol” es toda una declaración. Porque Sol tiene la fuerza para decirlo -y eso no es poco-, y porque muchas veces no pudo serlo: se volvió una sombra detrás de aquel -de aquellos- adultos que decían amarla y protegerla, mientras en realidad la privaban de entender quién era.
Sol, la niña.
Sol, la que ya va a crecer y entender.
Sol, la que necesita despojarse y perderse para ingresar en un territorio espiritual, una promesa irreal.
Si no fueras tan niña es el relato en primera persona de la autora sobre los abusos que sufrió durante la adolescencia por parte de su guía espiritual en la fundación religiosa a la que pertenecía.
A lo largo de estas memorias, se desarma un vínculo perverso de dominación, construido con paciencia y plena conciencia: Marcos sabía lo que hacía, y por eso fue generando mecanismos para despojar a Sol de todo lo que la sostenía:
En Marcos yo veía lo que me habían dicho que él era: un maestro espiritual que, como Dios mismo, podía también ser, en algún sentido cuyos alcances yo no llegaba a delimitar, un amigo. Desde hacía unas dos semanas, cuando se había trepado a mi colectivo para decirme que si yo tuviera dieciocho años me besaría, yo había tratado de asimilar la idea de que quizás pudiera ser también alguna clase de amante, como Dios mismo, que era todas esas cosas mezcladas (incluso Padre, claro).
El libro formó parte de una colección que llegó a las escuelas de toda la provincia de Buenos Aires. Su rol en esa colección fue cuestionado y se puso en primer plano con fotos y discursos políticos. Ninguno de esos discursos cuestionó el abuso sufrido en la adolescencia, el rol de los adultos ni la violencia institucional. No. La discusión pasó a ser si se debía leer o no algo “así” (¿oscuro? ¿desgarrador? ¿potente? ¿real?) en las escuelas.
Entonces los adultos volvemos a ser los que rodearon a Sol y callaron, avalaron, y protegieron algo que estaba a la vista. Otra vez las instituciones y el poder eligieron sus propios debates, mientras otras Soles padecen a otros Marcos.
El debate político sobre lo que se debe leer en las escuelas cambió de página. Ya no forma parte de la agenda pública. Pero los silencios resuenan, y cuando parecen olvidados, algo los reactiva. Así ocurrió recientemente con una serie de Netflix: Adolescencia, que volvió a poner en discusión la desprotección de niños y jóvenes frente a los entornos en los que crecen. Esta vez, el foco estuvo puesto en la tecnología: el algoritmo como monstruo que se apropia de la conducta de nuestros hijos. Pero la lógica es la misma. Lo que nos duele no es solo la amenaza externa, sino el espejo: todo lo que sucede dentro de nuestros hogares, de nuestras instituciones, sin que podamos o queramos verlo.
Y ahí vuelve Sol. Vuelven los discursos que prometen cuidado (desde la espiritualidad en el libro, desde la conectividad en la serie) mientras refuerzan la culpa individual y evitan que las instituciones reconozcan su propia responsabilidad.
Si no fueras tan niña no es solo el relato de un abuso. Es también el relato de lo que sucede cuando las instituciones se convierten en verdades absolutas, incuestionables, infalibles. Es una historia que nos permite entender que no solo abusa quien genera terror en su víctima. También lo hace quien la seduce y opaca debajo de sus luces.
Sol mostró un gran valor al escribir estas páginas, y logró algo difícil: no se posiciona como víctima, no pretende que la abracemos. Pretende algo que todos podemos hacer y que es aún más complejo: abrir los ojos, abrir las mentes, escuchar las voces de quienes, aún siendo tan niños, también tienen algo por decir. Abrazar las Soles que nos rodean, escucharlas, ser los sostenes que ayudan a construir sus subjetividades, y no quienes las socavan en pos de la verdad que nos da el ser adultos.
